sábado, 31 de enero de 2009

El Estado

Por Frédéric Bastiat

Composición aparecida en el Diario de Debates, número del 25 de setiembre de 1948.

Yo quisiera que se creara un premio, no de quinientos francos, sino de un millón, con coronas, cruz y cinta en favor de aquél que diera una definición buena, simple e inteligible de esta palabra: El Estado.

¡Qué inmenso servicio proporcionaría a la sociedad! ¡El Estado! ¿Qué es? ¿Dónde está? ¡Qué hace? ¿Qué debería hacer?

Todo lo que nosotros sabemos es que es un personaje misterioso, y seguramente el más solicitado, el más atormentado, el más atareado, el más aconsejado, el más acusado, el más invocado y el más provocado que hay en el mundo.

Porque, Señor, no he tenido el honor de conocerle, pero yo apuesto diez contra uno a que después de seis meses Usted hace utopías, y si Usted hace utopías, apuesto diez contra uno a que Usted encarga al Estado de realizarlas.

Y Usted, Señora, estoy seguro de que desearía en el fondo de su corazón curar todos los males de la triste humanidad y que Usted no estaría de ningún modo molesta si el Estado quisiera solamente prestarse a ello.

Pero, ¡ay! El infeliz, como Fígaro, no sabe a quién oír ni a cuál lado volverse. Las cien mil bocas de la prensa y de la tribuna le gritan a la vez:

"Organiza el trabajo a los trabajadores.
Extirpa el egoísmo.
Reprime la insolencia y la tiranía del capital.
Haz experimentos sobre el estiércol y sobre los huevos.
Surca el país de rieles.
Irriga los llanos.
Puebla de árboles las montañas.
Funda granjas modelos
Funda talleres armoniosos.
Coloniza Argelia.
Amamanta a los niños.
Instruye la juventud.
Asegura la vejez.
Envía a los campos los habitantes de los pueblos.
Pondera los beneficios de todas las industrias.
Presta dinero sin interés a quienes lo deseen.
Libera Italia, Polonia y Hungría.
Eleva y perfecciona el caballo de silla.
Estimula el arte, fórmanos músicos y bailarines.
Prohibe el comercio y, a la misma vez crea una marina mercante.
Descubre la verdad y echa en nuestras cabezas una pizca de razón. El Estado tiene por misión esclarecer, desarrollar, agrandar, fortalecer, espiritualizar y santificar el alma de los pueblos."

- "¡Eh! Señores, un poco de paciencia, responde el Estado, con un aire lastimoso.

"Yo intentaré satisfacerlos, pero para ello me hacen falta algunos recursos. He preparado proyectos concernientes a cinco o seis impuestos totalmente nuevos y los más benignos del mundo. Ustedes querrán el placer de pagarlos".

Pero entonces un gran grito se eleva: "¡Ah no! ¡Ah no! ¡Cuál sería el buen mérito de hacer cualquier cosa con recursos! No valdría la pena de llamarse Estado. Lejos de preocuparnos por nuevos impuestos, le conminamos a retirar los antiguos. Suprime:

El impuesto de la sal;
El impuesto de las bebidas;
El impuesto de las cartas;
La concesión;
Las patentes;
Las prestaciones."

En medio de este tumulto y después de que el país ha cambiado dos o tres veces su Estado por no tener satisfechos a todos tales demandas, he querido hacer ver que ellas han sido contradictorias. ¡De qué me he atrevido, por Dios! ¿No pude guardar para mí esta infortunada observación?

Heme aquí desacreditado ante todos por siempre, acusando recibo de que soy un hombre sin corazón y sin entrañas, un filósofo seco, un individualista, un burgués y, para decirlo todo en una palabra, un economista de la escuela inglesa o estadounidense.

¡Oh! Perdónenme, escritores sublimes, que nada me detiene, ni las mismas contradicciones. Estoy equivocado, sin duda, y me retracto de todo corazón. No pido nada mejor, estén seguros, que Ustedes hayan verdaderamente descubierto, fuera de nosotros, un ser bienhechor e inagotable, llamado Estado, que tiene pan para todas las bocas, trabajo para todos los brazos, capitales para todas las empresas, crédito para todos los proyectos, aceite para todas las llagas, alivio para todos los sufrimientos, consejo para todos los perplejos, soluciones para todas las dudas, verdades para todas las inteligencias, distracciones para todos los aburrimientos, leche para la infancia, vino para la vejez, que provee a todas nuestras necesidades, previene todos nuestros deseos, satisface todas nuestras curiosidades, endereza todos nuestros errores, todas nuestras faltas y nos dispensa a todos en adelante de previsión, de prudencia, de juicio, de sagacidad, de experiencia, de orden, de economía, de temperamento y de actividad.

¿Y por qué no lo desearía? Dios me perdone, entre más he reflexionado, más encuentro que el asunto es cómodo y estoy impaciente de tener, yo también, a mi alcance, esta fuente inagotable de riquezas y de luces, esta medicina universal, este tesoro sin fondo, este consejero infalible que Ustedes llaman Estado.

También pido que me lo muestren, que me lo definan, porque propongo la creación de un premio para el primero que descubra este fénix. Porque, en fin, bien se me recordará que este descubrimiento precioso todavía no ha sido hecho, porque, hasta ahora, a todo esto que se presenta bajo el nombre del Estado el pueblo le derroca enseguida, precisamente porque no llena las condiciones algo contradictorias del programa.

¿Falta decirlo? Temo que seamos, en este respecto, engañados por una de las más bizarras ilusiones que se hayan apoderado jamás del ser humano.

El hombre repugna de la Pena, del Sufrimiento. Y sin embargo está condenado por la naturaleza al Sufrimiento de la Privación si no acepta la Pena del Trabajo. No tiene luego más que la elección entre estos dos males.

¿Cómo hacer para evitar los dos? Hasta aquí no ha encontrado ni encontrará jamás otro medio: disfrutar del trabajo de otro; hacer de suerte que la Pena y la Satisfacción no incumban a cada uno según la proporción natural, sino que toda la pena sea para los unos y todas las satisfacciones para los otros. De allí la esclavitud, de allí la expoliación, en cualquier forma que tome: guerras, imposturas, violencias, restricciones, fraudes, etc., abusos monstruosos pero consecuentes con el pensamiento que les ha dado nacimiento. Se debe odiar y combatir a los opresores, no se puede decir que sean absurdos.

La esclavitud está terminando, gracias al Cielo, y, por otro lado, esta disposición por la que estamos listos a defender nuestro bien hace que la Expoliación directa y cándida no sea fácil. Una cosa pues permanece. Es esta infeliz inclinación primitiva que llevan dentro de sí todos los hombres a dividir en dos partes la suerte compleja de la vida, rechazando la Pena sobre otros y guardando la Satisfacción para sí mismos. Queda por ver bajo cuál forma nueva se manifiesta esta triste tendencia.

El opresor no actúa más directamente por sus propias fuerzas sobre el oprimido. No, nuestra conciencia se ha convertido en demasiado meticulosa para ello. Hay todavía tirano y víctima, pero entre ellos se coloca un intermediario que es el Estado, es decir la ley misma. ¿Qué más propio para hacer callar nuestros escrúpulos y, lo qué es quizás más apreciado, para vencer las resistencias? Luego, todos, con un título cualquiera, bajo un pretexto o bajo otro, nos dirigimos al Estado. Le decimos: "No he encontrado entre mis goces y mi trabajo una proporción que me satisfaga. Bien quisiera, para establecer el equilibrio deseado, tomar algún poco del bien de otro. Pero esto es peligroso. ¿No podría Usted facilitarme la cosa? ¿No podría darme una buena plaza? ¿O bien dificultar la industria de mis competidores? ¿O bien prestarme capitales que Usted haya tomado a sus propietarios? ¿O asegurarme el bienestar cuando tenga cincuenta años? Por este medio, llegaré a mi meta con toda tranquilidad de conciencia, porque la ley misma habrá actuado por mí, ¡y tendré todas las ventajas de la expoliación sin tener ni los riesgos ni los odios!

Como es cierto, por una parte, que dirigimos todos al Estado alguna demanda semejante y que, por otra parte, está comprobado que el Estado no puede procurar satisfacción a los unos sin aumentar el trabajo de los otros, en espera de otra definición del Estado me creo autorizado a dar aquí la mía. ¿Quién sabe si me llevaré el premio? Hela aquí:

El Estado es la gran ficción a través de la cual todo el mundo se esfuerza en vivir a expensas de todo el mundo.

Porque, hoy como en otros tiempos, cada uno, un poco más, un poco menos, quisiera aprovecharse del trabajo de otro. Este sentimiento no se osa exhibirlo, se disimula a sí mismo; ¿y entonces qué se hace? Se imagina un intermediario, se envía al Estado, y cada clase por turno viene a decirle: "Usted que puede tomar lealmente, honestamente, tome del público y compartiremos". ¡Ay! El Estado no tiene más que inclinarse a seguir el diabólico consejo; porque está compuesto de ministros, de funcionarios, de hombres en fin, quienes, como todos los hombres, llevan en el corazón el deseo y toman siempre con ardor la ocasión de ver agrandarse sus riquezas y su influencia. El Estado, pues, comprende de prisa el partido que puede sacar del papel que el público le ha confiado. Será el árbitro, el amo de todos los destinos: tomará mucho, luego se dejará mucho a sí mismo; multiplicará el número de sus agentes, ensanchará el círculo de sus atribuciones; terminará por adquirir proporciones aplastantes.

Pero lo que falta señalar es la asombrosa ceguera del público en todo esto. Cuando los soldados victoriosos reducen a los vencidos a esclavitud, han sido bárbaros, pero no han sido absurdos. Su meta, como la nuestra, fue vivir a expensas del otro; pero, como a nosotros, no les falló. ¿Qué debemos pensar de un pueblo donde no parece sospecharse que el pillaje recíproco no es menos pillaje porque sea recíproco, que no es menos criminal porque se ejecute legalmente y con orden, que no se ajusta para nada al bienestar público, que lo disminuye por el contrario tanto como cuesta este intermediario dispendioso que llamamos Estado?

Y a esta gran quimera la hemos colocado, para edificación del pueblo, en el frontispicio de la Constitución. He aquí las primeras palabras del preámbulo: "Francia se constituye en República para? llamar a todos los ciudadanos a un grado siempre más elevado de moralidad, de luz y de bienestar."

Así, es Francia o la abstracción quien llama a los franceses o las realidades a la moral, al bienestar, etc. ¿Hay que abundar en el sentido de esta bizarra ilusión que nos lleva a todos a esperar otra energía que la nuestra? ¿Hay que dar a entender que hay, al lado y fuera de los franceses un ser virtuoso, esclarecido, rico, que puede y debe verter sobre ellos sus beneficios? ¿Hay que suponer, y por cierto muy gratuitamente, que hay entre Francia y los franceses, entre la simple denominación abreviada, abstraída, de todas las individualidades y de estas individualidades mimas, relaciones de padre a hijo, de tutor a pupilo, de profesor a escolar? Sé bien que se dice a veces metafóricamente: La patria es una madre tierna. Pero para atrapar en flagrante delito de inanidad a la proposición constitucional, es suficiente mostrar que puede ser invertida no solo diría que sin inconveniente, sino incluso con ventaja. ¿La exactitud sufriría si el preámbulo hubiera dicho:

"Los franceses se han constituido en República para llamar a Francia a un grado siempre más elevado de moralidad, de luz y de bienestar"?.

Ahora bien, ¿cuál es el valor de un axioma en el que el sujeto y el predicado pueden cambiar de sitio sin inconveniente? Todo el mundo comprende cuando se dice: la madre amamantará al niño. Pero sería ridículo decir: el niño amamantará a la madre.

Los estadounidenses se hacían otra idea de las relaciones de los ciudadanos con el Estado cuando colocaron a la cabeza de su Constitución estas simples palabras:

"Nosotros, el pueblo de los Estados Unidos, para formar una unión más perfecta, establecer la justicia, asegurar la tranquilidad interior, proveer a la defensa común, acrecentar el bienestar general y asegurar los beneficios de la libertad a nosotros mismos y a nuestra posteridad, decretamos, etc."

Aquí el punto de creación quimérica, punto de abstracción a la que los ciudadanos piden todo. No esperan nada más que de ellos mismos y de su propia energía.

Si se me permite criticar las primeras palabras de nuestra Constitución, no hace más, como se podría creer, que una pura sutileza metafísica. Pretendo que esta personificación del Estado ha sido en el pasado y será en el provenir una fuente fecunda de calamidades y de revoluciones.

He aquí el Público de un lado, el Estado del otro, considerados como dos seres distintos, éste teniendo que entregar a aquél, aquél teniendo derecho a reclamar de éste el torrente de felicidades humanas. ¿A qué debe llegarse?

Al hecho de que el Estado no es manco ni puede serlo. Tiene dos manos, una para recibir y otra para dar, dicho de otro modo, la mano ruda y la mano dulce. La actividad de la segunda está necesariamente subordinada a la actividad de la primera.

En rigor, el Estado puede tomar y no dar. Esto se observa y se explica por la naturaleza porosa y absorbente de sus manos, que retienen siempre una parte y algunas veces la totalidad de lo que ellas tocan. Pero lo que no se ha visto jamás ni jamás se verá e incluso no se puede concebir es que el Estado dé al público más de lo que le ha tomado. Es luego muy loco que tomemos alrededor de él la humilde actitud de mendigos. Es radicalmente imposible conferir una ventaja particular a algunos individuos que constituyen la comunidad sin infligir un daño superior a la comunidad entera.

Se encuentra luego colocado, por nuestras exigencias, en un círculo vicioso manifiesto.

Si rehusa el bien que se exige de él, es acusado de impotencia, de mala voluntad, de incapacidad. Si intenta realizarlo, se reduce a golpear al pueblo con impuestos redoblados, a hacer mayor mal que bien, a atraerse, por otro lado, la desafección general.

Así, en el público hay esperanzas, en el gobierno dos promesas: muchos beneficios y no impuestos. Esperanzas y promesas que, siendo contradictorias, no se realizan jamás.

¿No es ello la causa de todas nuestras revoluciones? Porque entre el Estado, que prodiga promesas imposibles, y el público, quien ha concebido esperanzas irrealizables, se vienen a interponer dos clases de hombres: los ambiciosos y los utópicos. Su papel está totalmente trazado por la situación. Es suficiente a estos cortesanos de popularidad gritar a las orejas del pueblo: "El poder te engaña; si nosotros estuviéramos en su lugar, te colmaríamos de beneficios y te liberaríamos de impuestos".

Y el pueblo cree, y el pueblo espera, y el pueblo hace una revolución.

Tan pronto sus amigos se encargan de los asuntos, son urgidos a ejecutarlos. "Denme luego trabajo, pan, seguros, crédito, instrucción, colonias, dice el pueblo, y sin embargo, según sus promesas, libérenme de las garras del fisco".

El Estado nuevo no está más apurado que el Estado antiguo, pues, en realidad lo imposible bien se puede prometer, pero no cumplir. Busca ganar tiempo, que le hace falta para madurar sus vastos proyectos. Primero, hace algunos tímidos ensayos; por un lado, extiende un poco la instrucción primaria; por el otro, modifica un poco el impuesto de las bebidas (1830). Pero la contradicción sales siempre por delante; si quiere ser filántropo, está forzado a permanecer fiscal; si renuncia al fisco, le falta renunciar también a la filantropía.

Estas dos promesas se impiden siempre y necesariamente la una a la otra. Usar del crédito, es decir, devorar el provenir, es de hecho un medio actual de conciliarlos; se ensaya hacer un poco de bien en el presente a expensas de mucho mal en el porvenir. Pero este proceder evoca el espectro de la bancarrota a quien toma el crédito. ¿Qué hacer luego? Entonces el Estado nuevo toma su parte valientemente; reúne las fuerzas para mantenerse, sofoca la opinión, recurre a lo arbitrario, ridiculiza sus antiguas máximas, declara que se no puede administrar más que con la condición de ser impopular; en una palabra, se proclama gubernamental.

Y está aquí lo que los otros buscadores de popularidad esperan. Ellos explotan la misma ilusión, pasan por la misma vía, obtienen el mismo éxito, y van sobre todo a hundirse en el mismo abismo. Así hemos llegado a febrero. En esta época, la ilusión que ha sido objeto de este artículo había penetrado más que nunca en las ideas del pueblo con las doctrinas socialistas. Más que nunca, se esperaba que el Estado bajo la forma republicana abriera totalmente la gran fuente de beneficios y cerrara la de impuestos. "Me he equivocado a menudo, - dice el pueblo - pero me vigilaré a mí mismo para no equivocarme una vez más."

¿Qué puede hacer el gobierno provisional? ¡Ay! Lo que se hace siempre en coyunturas parecidas: prometer y ganar tiempo. No faltaba más, y para dar a sus promesas más solemnidad, las fija en sus decretos. "Aumento del bienestar, disminución del trabajo, seguridad, crédito, instrucción gratuita, colonias agrícolas, roturación y al mismo tiempo reducción del impuesto de la sal, de las bebidas, de las cartas, de la carne, todo será concedido? al venir la Asamblea Nacional".

La Asamblea Nacional ha venido, y como no se pueden realizar dos contradicciones, su tarea, su triste tarea, se ha limitado a retirar, lo más suavemente posible, uno tras otro, todos los decretos del gobierno provisional.

Sin embargo, para no volver la decepción más cruel, ha sido necesario transigir un poco. Ciertos compromisos se han mantenido, otros han recibido un muy limitado comienzo de ejecución. También la administración actual se esfuerza en imaginar nuevos impuestos.

Ahora me transporto con el pensamiento a algunos meses en el porvenir, y me pregunto, con tristeza en el alma, lo que vendrá cuando los agentes de la nueva creación vayan a nuestras campiñas a colectar los nuevos impuestos sobre las sucesiones, sobre las rentas, sobre los beneficios de la explotación agrícola. Que el Cielo desmienta mis presentimientos, pero veo allí un papel a desempeñar por los buscadores de popularidad.

Lean el último Manifiesto de los Montagnards, aquél que se ha emitido a propósito de la elección presidencial. Es un poco largo, pero, después de todo, se resume en dos palabras: El Estado debe dar mucho a los ciudadanos y tomar poco de ellos. Es siempre la misma táctica o, si se quiere, el mismo error.

"El estado debe gratuitamente instrucción y educación para todos los ciudadanos".

Debe: "Una enseñanza general y profesional apropiada hasta donde sea posible a las necesidades, a las vocaciones y a las capacidades de cada ciudadano".

Debe: "Enseñar sus deberes hacia Dios, hacia los hombres y hacia sí mismo; desarrollar sus sentimientos, sus aptitudes y sus facultades, darles en fin la ciencia de su trabajo, el entendimiento de sus intereses y el conocimiento de sus derechos".

Debe: "Poner al alcance de todos las letras y las artes, el patrimonio del pensamiento, los tesoros del espíritu, todos los disfrutes intelectuales que elevan y fortalecen el alma."

Debe: "Reparar todo siniestro, incendio, inundación, etc. (este et caetera dice más de lo que dice) sufrido por un ciudadano."

Debe: "Intervenir en las relaciones del capital con el trabajo y hacerse regulador del crédito."

Debe: "A la agricultura estímulos serios y una protección eficaz".

Debe: "Volver a comprar los ferrocarriles, los canales, las minas" y sin duda también administrarlas con esa capacidad industrial que le caracteriza.

Debe: "provocar las iniciativas generosas, estimularlas y ayudarlas con todos los recursos capaces de hacerlas triunfar. Regulador del crédito, comanditará ampliamente las asociaciones industriales y agrícolas, a fin de asegurar el éxito."

El Estado debe todo ello, sin perjuicio de los servicios a los que debe hacer frente hoy; y, por ejemplo, deberá tener siempre respecto a los extranjeros una actitud amenazante, pues dicen los signatarios del programa "ligado por esta solidaridad santa y por las precedentes de la Francia republicana, llevamos nuestros votos y nuestras esperanzas más allá de las barreras que el despotismo eleva entre las naciones: el derecho que queremos para nosotros, lo queremos para todos aquellos a los que oprime el jugo de las tiranías; queremos que nuestra gloriosa armada sea, si hace falta, la armada de la libertad".

Verán que la mano dulce del Estado, esta buena mano que da y que reparte, estará muy ocupada bajo el gobierno de Montagnard. ¿Creen Ustedes quizás que lo estará de la misma manera la mano ruda, esta mano que penetra y extrae de nuestros bolsillos?

Desengáñense. Los buscadores de popularidad no sabrán su oficio si no tienen el arte de mostrar la mano dulce ocultando la mano ruda.

Su reino será seguramente el jubileo del contribuyente. "Es lo superfluo, dicen, no lo necesario lo que el impuesto debe atacar."

¿No será un buen tiempo aquél en que, para colmarnos de beneficios, el fisco se contentará con mermar nuestro superfluo?

Esto no es todo. Los Montagnards aspiran a que "el impuesto pierda su carácter opresivo y no sea más que un acto de fraternidad".

¡Bondad del cielo! Sabía bien que está de moda meter la fraternidad en todas partes, pero no sospechaba que se la pudiera meter en el cobro del recaudador.

Llegando a los detalles, los signatarios del programa dicen:

"Queremos la abolición inmediata de los impuestos que golpean a los objetos de primera necesidad, como la sal, las bebidas, et caetera.
"La reforma del impuesto a los bienes raíces, de las concesiones, de las patentes.
"La justicia gratuita, es decir la simplificación de formas y la reducción de gastos." (Esto sin duda se refiere al timbre.)

Así, impuesto a los bienes raíces, concesiones, patentes, timbre, sal, bebidas, correos, todo eso desaparece. Estos señores han encontrado el secreto de dar una actividad ardorosa a la mano dulce del Estado paralizando su mano ruda.

Bien, pregunto al lector imparcial, ¿no es eso infantilismo, y más aún, infantilismo peligroso? ¿Cómo el pueblo no hará revolución sobre revolución una vez que decide a no detenerse hasta que haya realizado esta contradicción: "No dar nada al Estado y recibir mucho!"

¿Creen que si los Montagnards llegarán al poder no serán las víctimas de los medios que han empleado para tomarlo?

Ciudadanos, en todos los tiempos dos sistemas políticos han estado presentes y ambos pueden apoyarse en buenas razones. Según uno, el Estado debe hacer mucho, pero también debe tomar mucho. Según el otro, esa doble función se debe hacer sentir poco. Entre los dos sistemas es necesario optar. Pero en cuanto a un tercer sistema, que participe de los otros dos y que consista en exigir del Estado sin darle nada, es quimérico, absurdo, pueril, contradictorio, peligroso. Aquellos que lo ponen por delante para darse el placer de acusar a todos los gobernantes de impotencia y exponerles así a ataques, estos a Ustedes los adulan o los engañan, o al menos se engañan a ellos mismos.

En cuanto a nosotros, pensamos que el Estado no es o no debería ser otra cosa que la fuerza común instituida no para ser entre todos los ciudadanos un instrumento de opresión y de expoliación recíproca sino, por el contrario, para garantizar a cada uno lo suyo y hacer reinar la justicia y la seguridad.

Frédéric Bastiat (1801-1850)
Traducido al español por Alex Montero.

Puesto al HTML por Faré Rideau para Bastiat.org.

martes, 9 de diciembre de 2008

De La Libertad A La Esclavitud

Autor: Herbert Spencer
Año: 1891
Traducción: Mariano Bas Uribe
Fuente: liberalismo.org


De entre las muchas formas en las que las deducciones de sentido común acerca de los asuntos sociales se ven rotundamente contradichas por la realidad (como cuando las medidas que se toman para suprimir un libro incrementan su circulación, o como cuando los intentos por evitar tipos de interés usureros hacen que las condiciones sean más duras para el prestatario, o como cuando hay mayores dificultades de obtener cosas en los lugares en que se fabrican que en cualquier otro sitio), una de las más curiosas es la forma en que cuanto más mejoran las cosas, más fuertes son las protestas por lo malas que son.
En tiempos en que la gente no tenía ningún poder político, la gente raramente se quejaba por ello, pero cuando las instituciones libres habían avanzado en Inglaterra de tal manera que nuestras disposiciones constitucionales eran la envidia del continente, las denuncias sobre el poder aristocrático fueron haciéndose cada vez más fuertes, hasta que se obtuvo un enorme aumento del cuerpo electoral, al que pronto siguieron quejas en el sentido de que las cosas iban mal, queriendo conseguir un mayor aumento. Si repasamos el trato a las mujeres en tiempos primitivos, cuando realizaban todas las faenas y después de que comían los hombres recibían la comida que quedaba, hasta la Edad Media en que servían las comidas a los hombres, a nuestros días donde en nuestras disposiciones sociales las quejas de las mujeres se ponen siempre por delante, vemos que el peor trato va de la mano de la menor conciencia aparente de que el trato fuera malo; mientras que ahora, que se les trata mejor que nunca, la proclamación de sus quejas se fortalece cada día: las mayores protestas vienen del "paraíso de las mujeres", Estados Unidos. Hace un siglo, cuando era dificilísimo encontrar a un hombre que no se hubiera emborrachado alguna vez y cuando la incapacidad de tomar una o dos botellas de vino llevaba al desprecio, no había protestas contra el vicio de la bebida, pero ahora que en el transcurso de cincuenta años, los esfuerzos voluntarios de las sociedades de templanza, junto con otras causas generales, han generado una relativa sobriedad, hay airadas demandas de leyes que prevengan los ruinosos efectos del comercio de bebidas alcohólicas. Lo mismo pasa con la educación. Hace unas pocas generaciones, la capacidad de leer y escribir se limitaba prácticamente a las clases altas y medias y no se sugería que debería darse unos rudimentos de cultura a los trabajadores o, si se sugería, se ridiculizaba; pero cuando en tiempos de nuestros abuelos empezó a difundirse el sistema de escuelas dominicales, iniciado por unos pocos filántropos, y fue seguido por el establecimiento de escuelas de día, con el resultado de que entre las masas los que podían leer y escribir dejaron de ser excepciones y se incrementó la demanda de libros baratos, se empezó a protestar porque la gente perecía por falta de conocimientos y se decía que el Estado no debía simplemente educarles sino forzarles a educarse.
Y esta es también la postura general de la gente respecto de la comida, el vestido, el alojamiento y los muebles. Dejando aparte de la comparación sólo a los estados bárbaros, ha habido un notable progreso desde el tiempo en que la mayoría de la gente del campo vivía del pan de cebada y centeno y de la harina de avena, hasta el actual en que el consumo de pan blanco de trigo es universal; desde los días en que las largas camisas de tela burda dejaban las piernas al desnudo, hasta los actuales en que la gente trabajadora, igual que sus empleadores, tienen cubierto el cuerpo entero con dos o más capas de ropa; de la vieja era de cabañas de una habitación sin chimeneas, o del siglo XV cuando incluso la casa de un gentilhombre normal no solía tener molduras ni enlucidos en sus paredes, al siglo actual cuando cualquier casa tiene más de una habitación, y las de los artesanos más, teniendo todas chimeneas, hogares y ventanas acristaladas, acompañadas en casi todos los casos por empapelados y puertas pintadas; ha habido, como digo, un notable progreso en la condición de la gente. Y este progreso ha sido aún más destacable en nuestro tiempo. Cualquiera que mirara sesenta años atrás, cuando la cantidad de pobreza era mucho mayor que ahora y abundaban los mendigos, se sorprendería por el tamaño comparado de las nuevas casas ocupadas por los operarios, por las mejores ropas de los trabajadores, que llevan paño los domingos y las doncellas que compiten con sus señoras, por el más alto nivel de vida que lleva a una mayor demanda de las mejores calidades de comida para la gente trabajadora: todo ello resultado del doble cambio hacia mayores sueldos y productos más baratos y una distribución de los impuestos que ha favorecido a las clases inferiores a costa de las superiores. También se sorprendería por el contraste entre la poca atención que producía entonces el bienestar del pueblo y la que produce hoy, con la consecuencia de que, fuera y dentro del Parlamento, los planes para beneficiar a millones son los asuntos principales y se espera que todo el que tenga medios se una a alguna labor filantrópica. Aunque la mejora, física y mental, de las masas avanza mucho más rápidamente que nunca, al tiempo que la rebaja en los índices de mortandad prueba que la vida media es más llevadera, crece cada vez más la protesta de que los males son tan grandes que nada que no sea una revolución social podrá curarlos. A la vista de mejoras evidentes, unidas a un crecimiento de la longevidad, que por sí sola sería una prueba concluyente de la mejora general, se proclama, con vehemencia cada vez mayor, que las cosas van tan mal que la sociedad debe destruirse y reorganizarse bajo otra planificación. Por tanto, en este caso, como en todos los que hemos dado previamente como ejemplos, a medida que disminuye el mal, aumenta la protesta y tan pronto como se demuestra que las causas naturales son poderosas, crece la creencia de que no tienen poder.
No es que los males a remediar sean pequeños. Nadie debe suponer que, al resaltar la paradoja precedente, quiera ilustrar los sufrimientos que todos los hombres deben soportar. El destino de la gran mayoría ha sido siempre, y sin duda sigue siendo, tan triste que es doloroso pensar en ello. No cabe duda de que el tipo de organización social existente no es uno que cualquiera que se preocupe por sus semejantes pueda contemplar con satisfacción y sin duda las actividades humanas que conlleva están lejos de ser admirables. Las fuertes divisiones de categorías y las inmensas desigualdades en los medios no concuerdan con esas relaciones humanas ideales que gusta pensar la imaginación empática y la conducta general, bajo la presión y excitación de la vida social tal y como se desempeña hoy día, resulta repulsiva en distintos aspectos. Aunque los muchos que vilipendian la competencia, extrañamente ignoran los enormes beneficios que produce; aunque olvidan que la mayoría de los utensilios y productos que distinguen a la civilización de la barbarie y hacen posible el mantenimiento de una gran población en un área pequeña han sido desarrollados en la lucha por la existencia; aunque hacen caso omiso del hecho de que al tiempo que cada hombre, como productor, sufre por los precios inferiores de la competencia, también, como consumidor, obtiene grandes ventajas por el abaratamiento de todo lo que tiene que comprar; aunque persista en vilipendiar los males de la competencia sin decir nada de los beneficios, no hay que negar que hay grandes males, que constituyen una gran contrapartida a los beneficios. El sistema en que vivimos actualmente favorece la deshonestidad y la mentira. Provoca adulteraciones de todo tipo; es reprensible por las imitaciones baratas que acaban en muchos casos echando del mercado a los productos genuinos; lleva al uso de pesos y medidas trucados; permite el soborno, que vicia la mayoría de las relaciones comerciales, desde las del fabricante y el comprador a las del tendero y el sirviente; favorece el engaño hasta tal punto que se castiga al ayudante que no puede decir una mentira sin inmutarse y a menudo da a elegir al comerciante concienzudo entre adoptar las malas prácticas de sus competidores o dañar grandemente a sus acreedores mediante la bancarrota. Además, los extendidos fraudes, comunes en el mundo comercial y expuestos diariamente en tribunales y periódicos, se producen en buena medida por la presión que produce la competencia a las clases altas industriales y el resto al pródigo gasto que, como consecuencia implícita del éxito en el mundo comercial, lleva el prestigio. Junto a estos males menores, debe incluirse el mayor: que la distribución que logra el sistema da a quienes regulan y supervisan una parte de la producción total que resulta ser demasiado grande respecto de la que se da a los verdaderos trabajadores. Por tanto, no se piense que al decir lo que hemos dicho más arriba, infravaloramos esos vicios de nuestros sistemas competitivos, que hace treinta años describíamos y denunciábamos. Pero no es una cuestión de males absolutos, es una cuestión de males relativos, si los males que se sufren hoy son mayores o menores que los que sufriríamos bajo otro sistema, si los esfuerzos por mitigarlos por las vías que hoy se emplean, pueden tener más éxito que los que se conseguirían por otras vías.
Esta es la cuestión que se va aquí a evaluar. Deben excusarme por haber antepuesto diversas verdades que son, para algunos en todo caso, tolerablemente familiares, antes de proceder a hacer deducciones que no son tan familiares.
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En general, cada hombre trabaja para poder evitar las penalidades. En unos casos, le estimula el recuerdo de las punzadas del hambre, en otros, la visión del látigo del negrero. Su temor más inmediato puede ser el castigo que le puedan infligir las circunstancias físicas o un agente humano. Puede tener un amo, pero éste puede ser la Naturaleza o un prójimo. Cuando está bajo la coerción impersonal de la Naturaleza, decimos que es libre; cuando está bajo la coerción personal de alguien por encima de él, le llamamos, de acuerdo con el grado de dependencia, un esclavo, un siervo o un vasallo. Por supuesto, omito la pequeña minoría que hereda bienes: un elemento social incidental y no necesario. Sólo hablo de la inmensa mayoría, gente con cultura y sin ella, que se mantiene por su trabajo, físico o mental y debe o bien esforzarse para lograr sus deseos sin limitaciones, estimulados sólo por la idea de males o bienes que aparezcan naturalmente, o esforzarse para lograr su deseo limitado, estimulados sólo por la idea de males o bienes que aparezcan artificialmente.
Los hombres pueden trabajar juntos en una sociedad bajo cualquiera de estas dos formas de control: formas que, aunque se entremezclan en algunos casos, son esencialmente opuestas. Empleando el término colaboración en este sentido amplio, y no en el restringido que actualmente se le da, podemos decir que la vida social puede desenvolverse mediante cooperación voluntaria o mediante cooperación obligatoria; o, por usar las palabras de Sir Henry Maine, el sistema debe ser de contrato o de institución; en uno al individuo se le deja actuar de la mejor forma que pueda a través de sus esfuerzos espontáneos y obtener triunfar o fracasar de acuerdo con su eficiencia y en el otro tiene un lugar prefijado, trabaja bajo normas coercitivas y tiene su parte adjudicada de comida ropa y alojamiento.
El sistema de cooperación voluntaria se desarrolla hoy día en las industrias en las sociedades civilizadas. De una forma simple, lo tenemos en todas las granjas, donde los trabajadores, pagados por el propio granjero y recibiendo órdenes directamente de él, son libres de quedarse o irse a su voluntad. En su forma más compleja se ve en las fábricas, el las que por debajo de los socios vienen los empleados y gestores, y por debajo de ellos los cronometradores y supervisores, y bajo éstos los operarios en sus distintas categorías. En cada uno de estos casos es evidente que están trabajando juntos, o cooperando, los empleadores y empleados, para obtener en el primer caso una cosecha y en el otro un producto manufacturado. Y al mismo tiempo hay una cooperación mucho más intensa, aunque inconsciente, con otros trabajadores de todas las categorías dentro de la sociedad entera. Pues mientras estos empleadores y empleados concretos están muy ocupados con sus trabajos concretos, otros empleadores y empleados están haciendo otras cosas para que puedan seguir su vida cotidiana y la de todos los demás. Esta cooperación voluntaria, desde sus formas más simples a las más complejas, tiene el rasgo común de que los afectados trabajan junto de forma consentida. No hay nadie que obligue en los términos o a la aceptación. Es totalmente cierto que en muchos casos un empleador puede dar, o un empleado tomar, sin quererlo: dirá que las circunstancias le obligan. ¿Qué son, empero, las circunstancias? En un caso son los bienes encargados o un contrato cerrado que no puede atender o ejecutar sin ceder y en el otro someterse a un salario inferior del que desearía porque de otra manera no tendría dinero para procurarse comida y calor. La fórmula general no es "Hazlo o te lo haré hacer", sino "Hazlo o abandona tu puesto y atente a las consecuencias".
En el lado opuesto, la cooperación obligatoria se ejemplifica con un ejército, no tanto por nuestro propio ejército, cuyo servicio se realiza por acuerdo para un periodo específico, sino un ejército continental, de servicio militar obligatorio. En él, en tiempo de paz las tareas diarias (limpieza, desfiles, trabajos físicos, guardias y demás) y en tiempo de guerra las distintas acciones en el campo y el campo de batalla, se realizan bajo mandato, sin dejar posibilidad de elegir. Desde el soldado raso a los suboficiales y la media docena de grados de oficiales de escalafón, la ley universal es la obediencia absoluta del grado inferior al superior. La esfera de las opiniones individuales se limita a las opiniones del superior. La insubordinación es castigada, de acuerdo con su gravedad, con arrestos, trabajos extraordinarios, prisión, castigos físicos y, en último caso, fusilamiento. En lugar de la idea de que debe haber obediencia respecto de las tareas encargadas bajo amenaza de despido, la idea es en este caso "Obedezca a todo lo ordenado bajo pena de recibir castigo y quizás morir".
Está forma de cooperación, que sigue ejemplificada en un ejército, ha sido en tiempos pasados la forma de cooperación de toda la población civil. En todas partes y en todo momento, la guerra crónica genera una estructura de tipo militar, no sólo en un cuerpo de soldados, sino en toda la comunidad. En la práctica, mientras se produce el conflicto entre las sociedades y la lucha se considera la única ocupación humana, la sociedad es el ejército inactivo y el ejército la sociedad movilizada, quedando los que no que no toman parte en la batalla: esclavos, siervos, mujeres, etc., como intendencia. Por tanto, naturalmente, en toda la masa de individuos inferiores que constituyen la intendencia, se mantiene un sistema de disciplina igual en naturaleza, aunque más simple. Al ser el grupo guerrero, bajo esas condiciones, el grupo que gobierna y al ser el resto de la comunidad incapaz de resistirles, quienes controlen al grupo guerrero evidentemente impondrán su control sobre el grupo no guerrero y el régimen de coerción le será aplicado sólo con las modificaciones que impliquen las distintas circunstancias. Los prisioneros de guerra se convierten en esclavos. Quienes eran agricultores libres antes de que se conquistara su país, se convierten en siervos ligados a la tierra. Los jefes pequeños se someten a los jefes superiores; los pequeños señores se convierten en vasallos de los grandes y así sucesivamente hasta los más altos: los órdenes y poderes sociales tienen la misma una naturaleza esencial similar a los de una organización militar. Y mientras que para los esclavos la cooperación obligatoria es el sistema incondicional, para todos los niveles superiores el sistema es una cooperación que es en parte obligatoria. El juramento de fidelidad de cada hombre a su superior toma la forma de "Soy tu hombre".
En toda Europa, y especialmente en nuestro propio país, el sistema de cooperación obligatoria fue relajando gradualmente su rigor, mientras que el sistema de cooperación voluntaria lo reemplazaba paso a paso. Tan pronto como la guerra dejaba de ser el asunto vital, la estructura que producía y que era apropiada para ella, lentamente se vio sustituida por la que producía y era apropiada para la industria. En la misma medida en que una parte decreciente de la comunidad se dedicaba a actividades ofensivas y defensivas, un parte creciente se dedicaba a la producción y distribución. Al hacerse más numerosa, más poderosa y refugiarse en pueblos que estuvieran menos a merced del poder de la clase militar, la vida de la población industrial discurría bajo el sistema de cooperación voluntaria. Aunque los gobiernos municipales y las regulaciones gremiales, en parte dominadas por ideas y costumbres derivadas del tipo de sociedad militar, eran hasta cierto punto coercitivos, aún así, la producción y la distribución se desarrollaban principalmente bajo acuerdos, tanto entre compradores y vendedores como entre patronos y trabajadores. Tan pronto como se convirtieron estas relaciones sociales y formas de actividad en dominantes en las poblaciones urbanas, influyeron en toda la comunidad: la cooperación obligatoria fue cayendo progresivamente en desuso, a través del cambio de dinero por servicios, militares y civiles, mientras que la división de categorías sociales se hacía menos rígida y disminuía el poder de clase. Hasta que finalmente, las restricciones hacia los nuevos negocios cayeron en desuso, así como la imposición de unos estamentos sobre otros, y la cooperación voluntaria se convirtió en principio universal. La compraventa se convirtió en la ley para todos los tipos de servicios, así como para todos los tipos de productos.
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La inquietud generada por la presión contra las condiciones de la existencia, impulsa continuamente el deseo de intentar nuevas cosas. Todos sabemos cómo el mantenerse en la misma postura prolongadamente se convierte en algo que aburre, todos hemos descubierto que incluso las silla más cómoda, que nos agrada en un primer momento, se convierte después de unas horas en intolerable y cambiarse a una silla más dura, que antes habríamos dejado de ocupar, parece un gran alivio por un tiempo. Lo mismo pasa con la humanidad en general. Habiendo luchado mucho tiempo por emanciparse de la dura disciplina del antiguo régimen y habiendo descubierto que el nuevo régimen en el que ha crecido, aunque relativamente cómodo, no deja de tener problemas y molestias, su impaciencia respecto de éstos le lleva a probar otro sistema, sistema que es, aunque no sea aparente en principio, el mismo del que se libraron con gran regocijo las generaciones pasadas.
Tan pronto como se descarta el régimen de contratos se adopta necesariamente el régimen de institución. Tan pronto como se abandona la cooperación voluntaria debe sustituirse por la cooperación obligatoria. Debe haber algún tipo de organización del trabajo, y si ésta no es la que se produce por acuerdo en libre competencia, debe ser impuesta por la autoridad. Distinto en apariencia y nombre, pues lo para el antiguo orden podían ser esclavos y siervos trabajando para amos, que estaban sometidos a barones, que a su vez eran vasallos de duques o reyes, el nuevo orden buscado, constituido por trabajadores bajo capataces de pequeños grupos, supervisados por superintendentes, que están sometidos a directores locales, controlados por responsables de distritos, que a su vez están bajo el gobierno central, resultar ser en esencia el mismo en principio. Tanto en un caso como en otro, debe haber niveles establecidos y una subordinación forzosa de cada nivel respecto de los superiores. De esta verdad el comunista y socialista no se ocupan. Irritados con el sistema existente bajo el que cada uno de nosotros se ocupa de sí mismo, mientras todos vemos que cada uno ha jugado limpio, él piensa cuánto mejor sería que todos nos ocupáramos de cada uno y evitar pensar en el mecanismo por el que esto se hace. Es inevitable que si todos nos ocupamos de cada uno, ese "todos" debe tener los medios, las cosas necesarias para vivir. Lo que se da debe tomarse de las contribuciones acumuladas y debe por tanto requerir su parte a cada uno, debe decírsele cuánto tiene que aportar a la existencia general en forma de producción para que tenga tanto para obtener su sustento. Por tanto, antes de recibir, debe ponerse a las órdenes y obedecer a quienes le digan lo que ha de hacer, a qué horas y dónde y quién le dará su parte de comida, ropa y alojamiento. Si se excluye la competencia, y con ella la compraventa, no puede haber intercambio voluntario de tanto trabajo por tanta producción, sino un reparto de uno a otro de acuerdo con lo que digan los oficiales nombrados. Este reparto debe ser forzoso. El trabajo debe hacerse sin alternativa posible, y el beneficio, sea el que sea, debe aceptarse igualmente. Pues el trabajador no puede dejar su puesto y ofrecerse en otro sitio. Bajo ese sistema no pueden aceptarle en ningún sitio, salvo que lo ordene la autoridad. Y es evidente que habrá una orden tajante que prohíba el empleo en un lugar a un miembro insubordinado de otro: el sistema no podría funcionar si se permitiera fácilmente ir y venir a su gusto. Con cabos y sargentos a sus órdenes, los capitanes de la industria deben seguir las órdenes de los coroneles, y éstos las de los generales, hasta el consejo del comandante en jefe, y esta obediencia es necesaria en todo este ejército industrial, igual que en un ejército armado. "Haz las tareas prescritas y llévate las raciones que te corresponden", debe ser la regla de uno y otro.
"Bien, sea", contesta el socialista. "Los trabajadores nombrarán a sus propios oficiales y éstos estarán siempre sometidos a las críticas de las masas que controlan. Al temer a la opinión pública, se asegurarán actuar juiciosa y justamente, ya que si no lo hacen, se verán depuestos por el voto popular, general o local. ¿Qué problema hay en estar bajo superiores, cuando éstos mismos están bajo control democrático?" El socialista cree totalmente en esta atractiva visión.
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El latón y el hierro son más simples que la carne y la sangre, la madera inerte que el nervio vivo y una máquina construida por uno trabaja de forma más definida que un organismo construido por otro, especialmente cuando la máquina funciona mediante fuerzas inorgánicas como el vapor o el agua, al contrario que el organismo, que funciona mediante las fuerzas de centros nerviosos vivos. Por tanto, es manifiesto que las formas en que funcionará una máquina serán mucho más fáciles de calcular que las de un organismo. ¡Aun así, qué pocas veces el inventor prevé correctamente las acciones de su nuevo aparato! Leamos la lista de patentes y encontraremos que no más de un invento entre cincuenta acaba resultando útil. Aunque le parecía muy factible al inventor, una u otra pega evita que funcione como se pretendía y acaba dando un resultado muy diferente del que se deseaba.
¿Qué diríamos entonces de esos proyectos que no tienen nada que ver con materiales y fuerzas inertes, sino con organismos complejos vivos en formas aún menos previsibles y que implican la cooperación de multitudes en dichos organismos? Incluso las unidades a partir de las cuales se formaría este cuerpo político reorganizado son a menudo incomprensibles. Todo el mundo se ve sorprendido de vez en cuando por el comportamiento de otros, incluso de actos de parientes que conoce muy bien. Así, viendo lo difícil que resulta que pueda prever las acciones de un individuo, ¿cómo puede, con cierto grado de certidumbre, prever la operación de una estructura social? Actuaría asumiendo que todos los afectados juzgarán rectamente y actuarán lealmente, que pensarán como tendrían que pensar y actuarán como tendrían que actuar y lo asumiría a pesar de que las experiencias cotidianas le demuestran que los hombres no hacen una cosa ni otra y olvidando que las quejas que tiene contra el sistema existente demuestran que cree que los hombres no tienen el conocimiento ni la rectitud que su plan requiere que tengan.
Las constituciones escritas hacen sonreír a quienes han observado sus resultados y los sistemas sociales en el papel afectar de forma similar a quienes han contemplado la evidencia disponible. ¡Poco podían soñar los hombres que escribieron la revolución francesa y se les encomendó que establecieran el nuevo aparato gubernamental que una de las primeras actuaciones de este aparato sería decapitarles a todos! Poco podían anticipar los hombres que escribieron la Declaración Americana de Independencia y crearon la República que después de algunas generaciones el legislativo caería en manos de conspiradores, que lo que crearon se convertiría en luchas por ocupar los puestos, que la acción política se vería viciada por la intrusión de un elemento extraño que sostuviera el equilibrio entre los partidos, que los electores, en vez de juzgar por sí mismos, se verían encaminados por sus "jefes" hacia las urnas a miles y que los hombres respetables serían expulsados de la vida pública mediante insultos y calumnias de políticos profesionales. Tampoco fueron mejores las previsiones en aquéllos que dieron constituciones a los demás estados del Nuevo Mundo, en los que innumerables revoluciones han demostrado con maravillosa constancia los contrastes entre los resultados esperados de los sistemas políticos y los conseguidos. No han sido menores en los casos de los sistemas de reorganización social propuestos hasta donde se han podido probar. Salvo cuando se ha insistido en el celibato, su historia ha sido siempre la de un desastre: el último caso es el de la Colonia Icariana de Cabet, relatada por uno de sus miembros, la Señora Fleury Robinson, en The Open Court (una historia de divisiones, subdivisiones, sub-subdivisiones, acompañada por numerosas secesiones individuales y la disolución final). El fracaso de esos planes sociales, al igual que los planes políticos, se debe a una causa general.
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La metamorfosis es la ley universal, ejemplificada en los Cielos y la Tierra: especialmente en el mundo orgánico y principalmente en su división animal. Ninguna criatura, salvo las más simples y diminutas, comienza su existencia en una forma como la que finalmente adopta, y en algunos casos la diferencia es grande, tan grande que la relación entre la primera forma y la definitiva sería increíble si no se nos mostrara diariamente en cada corral y en cada jardín. Y aún hay más. Los cambios de forma son normalmente varios, cada uno de ellos parece ser una completa transformación: huevo, larva, pupa, imago, por ejemplo. Y esta metamorfosis universal, que se muestra de forma similar en el desarrollo de un planeta y de cada semilla que germina en su superficie, también se manifiesta en las sociedades, se tomen éstas como un todo o se consideren sus distintas instituciones. Ninguna termina tal como empieza y la diferencia entre su estructura original y la definitiva es tal que al principio el cambio de otra hubiera parecido increíble. En la tribu más salvaje, el jefe, obedecido como líder guerrero, pierde su posición cuando termina la batalla e incluso cuando las guerras continuas han producido una jefatura permanente, éste, al construirse su propia choza, obtener su propia comida y fabricarse sus propios instrumentos, sólo se diferencia de los demás por su influencia predominante. No hay ninguna señal de que con el paso del tiempo, mediante conquistas y uniones de tribus y consolidaciones de grupos que se forman a partir de otros grupos hasta que se forma una nación, se originara a partir del jefe primitivo uno que, como zar o emperador, rodeado de pompa y ceremonia, tenga un poder despótico sobre millones de personas y lo ejerza a través de cientos de miles de soldados y funcionarios. Cuando los primeros misioneros cristianos, con su humildad externa y sus vidas de renuncia, se extendieron por la Europa pagana, predicando el perdón de los pecados y devolver bien por mal, nadie soñaba que con el paso del tiempo sus representantes formarían una vasta jerarquía, poseyendo en todas partes una enorme cantidad de terrenos, distinguiéndose por la arrogancia de sus miembros, grado sobre grado, regidos por obispos militares que llevarían a sus servidores a la batalla y encabezados por un papa que ejercitaría un poder supremo sobre los reyes. Lo mismo ha pasado con el propio sistema industrial que ahora tantos desean reemplazar. En su forma original no había profecías acerca del sistema fabril o de organizaciones afines de trabajadores. Diferenciado de éstos sólo por ser el cabeza de la empresa, el maestro trabajaba junto con los aprendices y un oficial o dos, compartiendo mesa y mantel, y vendiendo este lo que producía el conjunto. Sólo con el crecimiento industrial empezó un empleo de gran número de ayudantes y una renuncia por parte del maestro a realizar trabajos que no fueran de supervisión. Y sólo en los tiempos más recientes se ha producido la evolución de las organizaciones bajo las cuales los trabajos de cientos y miles de hombres asalariados se ven dirigidos por distintos niveles de oficiales asimismo asalariados, bajo un director o varios. Estos grupos de productores, originalmente pequeños y semisocialistas, como las familias o comunidades de alojamiento de los primeros tiempos, se fueron disolviendo lentamente por no poder mantener su base: las grandes empresas, con una mejor subdivisión del trabajo, triunfaron porque servían más efectivamente a los deseos de la sociedad. Pero no tenemos que remontarnos siglos para encontrar transformaciones grandes e inesperadas. Cuando se votaron 30.000 libras al año como un experimento para ayuda educativa, se hubiera calificado de idiota a quien se hubiera opuesto profetizando que en cincuenta años la suma a gastar mediante impuestos imperiales y tasas locales ascendería a 10.000.000 de libras, o quien dijera que a la ayuda a la educación le seguirían ayudas de alimentación y ropa, o quien dijera que padres e hijos, sin remisión, se verían obligados, aunque se estuvieran muriendo de hambre, bajo amenaza de multa o prisión, a conformarse y recibir los que, con carácter papal, el Estado califica como educación. Nadie, como digo, hubiera soñado que a partir de un germen de aspecto tan inocente, éste hubiera evolucionado tan rápidamente hacia este sistema tiránico, al que se somete mansamente gente que se considera a sí misma libre.
Por tanto, en las convenciones sociales, igual que en todas las demás cosas, el cambio es inevitable. Es descabellado suponer que al establecer nuevas instituciones, éstas mantendrán por mucho tiempo el carácter que se les dio por sus fundadores. Rápida o lentamente se transformarán en instituciones distintas de las pretendidas, tan distintas que pueden llegar a ser irreconocibles por sus planificadores. ¿Y en este caso, cuál será la metamorfosis? La respuesta hacia la que apuntan los ejemplos anteriores y la que ofrecen distintas analogías, resulta manifiesta.
Un rasgo fundamental de toda organización avanzada es el desarrollo de un aparato regulador. Si las partes de un todo van a actuar de consuno, debe haber dispositivos para que dirijan su acción y, en proporción a lo grande y complejo del todo y a los muchos requerimientos que tienen que cumplir sus muchas agencias, el aparato directivo debe ser extenso, complicado y poderoso. No hay que decir que esto pasa con los organismos individuales y es obvio que lo mismo debe ocurrir con los organismos sociales. Más allá del aparato regulador, como el que requiere nuestra propia sociedad para gestionar la defensa nacional y mantener el orden público y la seguridad personal, debe haber, bajo un régimen socialista, un aparto regulador omnipresente que controle todos los tipos de producción y distribución y adjudicando las partidas de productos de cada tipo requeridos por cada localidad, cada taller, cada individuo. Bajo nuestra actual cooperación voluntaria, con sus contratos libres y su competencia, la producción y distribución no requieren una supervisión administrativa. La oferta y la demanda, y el deseo de cada hombre de ganarse la vida satisfaciendo las necesidades de sus semejantes, desarrollan espontáneamente ese maravilloso sistema por el que una gran ciudad trae diariamente comida a todos los hogares o la almacena en las tiendas cercanas, ofrece ropa de una enorme variedad a sus ciudadanos, tiene casas y muebles y combustible listos o almacenados en cada localización y alimenta a las mentes usando desde hojas volanderas, que aparecen cada hora, a multitud de novelas semanales y libros de instrucción menos abundantes, editados sin escatimar en pequeños pagos. Y por todo el reino, tanto la producción como la distribución se gestionan de forma similar con una mínima supervisión que resulta ser eficiente al tiempo que las cantidades de los distintos productos necesarios día a día en cada localidad se ajustan sin emplear ninguna administración, salvo la búsqueda del beneficio. Supongamos que este régimen industrial de servicio, que actúa espontáneamente, se ve reemplazado por un régimen de obediencia industrial, impuesto por funcionarios públicos. ¡Pensemos en la enorme administración que requeriría esa distribución de todos los productos a toda la gente en todas las ciudades pueblos y villas que realizan actualmente los comerciantes! Asimismo imaginemos la aún mayor administración que requeriría hacer todo lo que hacen agricultores, ganaderos, fabricantes y comerciantes, no sólo teniendo distintos niveles de superintendentes locales, sino también subcentros y centros principales para adjudicar las cantidades de cada cosa allá donde se necesita y su ajuste a los momentos en que se requiere. Añadamos el personal necesario para trabajar en minas, ferrocarriles, carreteras, canales; el personal necesario para gestionar los negocios de importación y exportación y la administración de la navegación mercantil; el personal necesario para suministrar a los pueblos no sólo el agua y el gas sino la locomoción que ofrecen tranvías, omnibuses y otros vehículos y la distribución de energía y otros. Unamos a éstas las administraciones ya existentes postales, telegráficas y telefónicas y finalmente la policía y el ejército, mediante los cuales los dictados de este inmenso sistema regulador consolidado tendrían que imponerse en todos lados. ¡Imaginemos todo esto y después preguntémonos cuál sería la situación real de los trabajadores! Ya en el continente, donde las organizaciones administrativas están más desarrolladas y son más coercitivas que aquí, hay protestas constantes sobre la tiranía de las burocracias, la prepotencia y brutalidad de sus miembros. ¿En qué se convertirán cuando no sólo se controlen las acciones más públicas de los ciudadanos y se añadan este control más extenso de sus respectivas tareas diarias? ¿Qué ocurrirá cuando las distintas divisiones de este ejército de funcionario, unidos por intereses propios del funcionariado (los intereses de los reguladores frente a los de los regulados), tengan a su disposición toda la fuerza que necesiten para suprimir la insubordinación y actuar como "salvadores de la sociedad"? ¿Dónde estarán los verdaderos picadores y mineros y fundidores y tejedores cuando quienes ordenen y supervisen, dispuestos como una clase sobre otra, hayan llegado, después de varias generaciones, a entremezclarse con los de niveles afines, bajo sentimientos como los que hay entre las clases existentes y cuando se hayan producido así una serie de castas de superioridad creciente y cuando todos ellos, teniendo todo bajo su poder hayan organizado modos de vida que les favorezcan, llegando incluso a formar una nueva aristocracia mucho más complicada y mejor organizada que la antigua? ¿Cómo se las arreglará el trabajador individual si está insatisfecho con su tratamiento, pensando que no tiene una parte adecuada de los productos o que tiene que hacer más de lo que se le debería pedir o quiere asumir una función para la que se cree capacitado pero que sus superiores no creen adecuada para él o desea asumir una carrera independiente? A esta unidad insatisfecha de la inmensa maquinaria se le dirá que debe someterse o irse. La sanción más suave por desobediencia sería la excomunión industrial. Si se formara una organización internacional como la propuesta, la exclusión en un país implicaría la exclusión en todos los demás: la excomunión industrial significaría morirse de hambre.
El que las cosas seguirán este camino es una conclusión a la que se llega no sólo por deducción, ni sólo por inducción a partir de experiencias del pasado como las de los ejemplos anteriores, ni sólo considerando las analogías que nos proporcionan organismos de todo tipo: también se llega por la observación de casos cotidianos. La verdad de que la estructura reguladora siempre tiende a incrementar su poder se ejemplifica en cualquier comunidad humana. La historia de cada sociedad culta, o de cualquier sociedad a estos efectos, nos demuestra cómo su personal permanente o parcialmente permanente, domina sus procesos y determina las acciones de la sociedad con pocas resistencias, incluso cuando los miembros de las sociedad están en desacuerdo: el rechazo de algo parecido a un paso revolucionario resulta ser normalmente un elemento disuasorio eficaz. Esto ocurre en las sociedades anónimas, como, por ejemplo, las propietarias de vías férreas. Los planes del consejo de administración se aprueban normalmente con poca o ninguna discusión y si hay una oposición considerable, se aplasta inmediatamente mediante un abrumador número de apoderados enviado por quienes siempre apoyan a la administración existente. Sólo cuando se extrema la mala gestión, puede la resistencia de los accionistas apartar del poder a los dirigentes. Tampoco es distinto en las sociedades formadas por trabajadores que tienen especial conciencia de los intereses de dichos trabajadores: los sindicatos. También en éstos las agencias reguladoras son todopoderosas. Sus miembros, aun cuando disientan de las políticas seguidas, normalmente ceden ante las autoridades que han designado. Como no pueden separarse sin hacer enemigos entre sus compañeros de trabajo y sin perder toda posibilidad de emplearse, se rinden. También se nos ha demostrado en el último congreso que en la organización general de sindicatos de reciente constitución ya hay quejas sobre "conspiradores" y "jefes" y "funcionarios permanentes". Luego si esta supremacía de los reguladores se aprecia en entes de un origen tan moderno, formados por hombres que tienen, en muchos de los casos, poderes ilimitados para hacer valer su independencia, ¿cuál no será la supremacía de los reguladores en entes establecidos hace tiempo, que han crecido y se han organizado enormemente y en los que, en lugar de controlar sólo una pequeña parte de la vida de la unidad, controlan toda ella?
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De nuevo tendremos la réplica: "Nos protegeremos de todo eso. Todo el mundo tendrá educación y todos, con los ojos constantemente abiertos ante el abuso de poder, actuaremos rápidamente para prevenirlo". El valor de estas expectativas sería pequeño, aunque no pudiéramos identificar las causas que producirán la decepción, ya que en los asuntos humanos los planes más prometedores se tornan erróneos en formas que nadie anticiparía. Pero en este caso el que irá mal se deriva de causas que no llaman la atención. La labor de las instituciones viene determinada por los caracteres de los hombres y los defectos que estos caracteres tengan traerán inevitablemente los resultados arriba indicados. No hay manera de asegurar los sentimientos necesarios para prevenir el crecimiento de una burocracia despótica.
Si fuera necesario tener una evidencia indirecta, podríamos emplear la que resulta del comportamiento del llamado Partido Liberal, un partido que, renunciando a la idea original de un líder como portavoz de una política conocida y aceptada, se considera a sí mismo obligado a aceptar la política que dicta su líder sin necesidad de aprobación o matización, un partir tan completamente ajeno al sentimiento y las ideas que implica el liberalismo, como para no ofenderse ante este pisoteo al derecho a la opinión privada que constituye la raíz del liberalismo; no, ¡un partido que vilipendia como renegados liberales a aquellos de sus miembros que rechazan someter su independencia! Pero no nos a dedicar espacio a pruebas indirectas de que la mayoría de los hombres no tienen las naturalezas necesarias para comprobar el desarrollo del funcionariado tiránico, será suficiente contemplar las pruebas directas generadas por esas clases de entre las que más predomina la idea socialista y que se consideran más interesados en propagarla: las clases obreras. Éstas constituirían la masa principal de la organización socialista y sus caracteres determinarían su naturaleza. Luego, ¿cómo son sus caracteres, tal como se muestran en organizaciones como las que ya han formado?
En lugar del egoísmo de las clases patronales y el egoísmo de la competencia, tendríamos el altruismo de un sistema de ayuda mutua. ¿Hasta dónde puede verse ahora mismo este altruismo en el comportamiento de los trabajadores entre sí? ¿Qué diremos de las reglas que limitan el número de nuevos brazos admitidos en cada negocio o las que dificultan el ascenso de las clases trabajadoras inferiores a niveles superiores? Yo no veo en esas regulaciones nada de ese altruismo que prevalecería con el socialismo. Por el contrario, veo una búsqueda de intereses privados no menos intensa que la de los comerciantes. Por tanto, salvo que supongamos que la naturaleza humana mejorará repentinamente, debemos concluir que la búsqueda del interés privado dominará las acciones de todas las clases que compongan una sociedad socialista.
Con la despreocupación pasiva por los derechos de otros va la invasión activa de ellos. "Sé uno de los nuestros o te quitaremos tus medios de vida" es la amenaza usual de cada sindicato a otros miembros del mismo negocio. Al tiempo que sus miembros insisten en su propia libertad para combinar y fijar los salarios por los que trabajarán (ya que están perfectamente justificados para hacerlo), no sólo se niega la libertad de aquéllos que discrepan de ellos, sino que además la afirmación de ésta se trata como un crimen. Los individuos que mantienen sus derechos para firmar sus propios contratos son vilipendiados como ‘esquiroles’ y ‘traidores’ y tratados con una violencia que podría ser inmisericorde si no hubiera sanciones legales ni policía. Junto con ese pisoteo de las libertades de los hombres de su misma clase, va un dictado perentorio a la clase trabajadora: no sólo los términos y los acuerdos laborales prescritos serán conformes, sino que ninguno de los que pertenezcan a su cuerpo tendrá empleo, e incluso en algunos casos habrá una huelga si el patrono llega a acuerdos con sociedades que dan trabajo a hombres no sindicalizados. Luego aquí vemos en los sindicatos una determinación de imponer sus regulaciones sin considerar los derechos de los coaccionados. La inversión de ideas y sentimientos es tan completa que el mantenimiento de estos derechos se considera como vil y su conculcación como virtuosa.[1]
Junto con esta agresividad en una dirección aparece una sumisión en la contraria. La coerción a los no sindicalizados por parte de los sindicatos sólo es comparable a su sumisión a sus líderes. A lo que puedan conseguir en la lucha someten las libertades y criterios individuales y no muestran ningún resquemor por muy dictatorial que pueda ser la presión que reciban. En todas partes vemos esa subordinación con la que grupos de trabajadores abandonan su trabajo y retornan a él según se lo ordenen sus superiores. Tampoco se resisten cuando se les obliga a aportar para apoyar a huelguistas cuyos actos pueden aprobar o no, sino más bien maltratan a los miembros recalcitrantes de su grupo que no aportan.
Por tanto, los rasgos mostrados deben operar en cualquier nueva organización social y la cuestión que debe plantearse es: ¿Cómo operarán cuando se libren de todas sus restricciones? Hasta ahora, los distintos grupos de hombres que los muestran están en medio de una sociedad parcialmente pasiva, parcialmente antagonista, están sujetos a la crítica y reprobación de una prensa independiente y están sometidos al control de la ley impuesto por la policía. Si en estas circunstancias, estos grupos normalmente actúan de forma que eliminan la libertad individual, ¿qué ocurrirá cuando, en lugar de ser sólo partes dispersas de la comunidad, gobernadas por distintos reguladores, constituyan toda la comunidad, gobernada por un sistema consolidado de dichos reguladores; cuando funcionarios de todos los niveles, incluyendo los que gestionen la prensa, formen parte de la organización regulatoria y cuando la ley sea a la vez dictada y administrada por dicha organización? Los partidarios fanáticos de una teoría social son capaces de tomar cualquier medida, no importa lo extrema que ésta sea, para mantener sus puntos de vista: manteniendo, igual que los despiadados sacerdocios del pasado, que el fin justifica los medios. Y cuando se haya establecido la organización socialista global, el enorme y vasto grupo consolidado de quienes dirijan sus actividades, usando sin control la coerción que les parezca necesaria en interés del sistema (que será en la práctica su propio interés), no tendrán reparo en imponer su rigurosa ley sobre la vida entera de los trabajadores reales hasta que finalmente se desarrolle una oligarquía funcionarial con sus distintos niveles, que ejerza una tiranía más gigantesca y más terrible cualquiera que haya contemplado el mundo.
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Déjenme rechazar de nuevo cualquier deducción errónea. Quienquiera que suponga que la argumentación anterior implica conformidad con las cosas tal como son, comete un profundo error. El estado social actual es transitorio, igual que lo fueron los anteriores. Vendrá, según espero y creo, un futuro estado social que diferirá tanto del presente como el presente difiere del pasado con sus caballeros armados y siervos indefensos. En Social Statics, así como en The Study of Sociology y Political Institutions se demuestra claramente el deseo de una organización más propicia a la felicidad de los hombres que la existente. Mi oposición al socialismo nace de la creencia de que detendría en buena medida el progreso y nos llevaría a un estado inferior. Sólo la lenta modificación de la naturaleza humana mediante la disciplina de la vida social puede producir cambios ventajosos permanentes.
Un error fundamental que domina el pensamiento de casi todas las partes, políticas y sociales, es que ante el mal se puede adoptar remedios inmediatos y radicales. "Si no haces eso, sino esto, se evitará el daño". "Adopte mi plan y el sufrimiento desaparecerá". "La corrupción indudablemente desaparecerá al adoptar esta medida". En todas partes encontramos creencias, expresas o implícitas, de este tipo. Son todas infundadas. Es posible eliminar causas que intensifiquen los males, es posible cambiar los males de una forma a otra y es posible, y muy común, acrecentar el daño por culpa de los esfuerzos hechos para evitarlo, pero es imposible cualquier cosa parecida a una cura inmediata. En el transcurso de miles de años, la humanidad, a causa de su multiplicación, se ha visto forzada a pasar de un estado salvaje original, en el que pequeños grupos se mantenían con alimento silvestre, al estado civilizado en que la comida necesaria para mantener a grandes grupos sólo puede obtenerse mediante un trabajo continuo. La naturaleza que requiere este último modo de vida es muy diferente de la que requería el anterior y ha habido que soportar largas y continuas molestias para transformar uno en otro. Tiene que considerarse necesariamente a la miseria como una constitución que no está en armonía con sus condiciones y una constitución heredada de los hombres primitivos no está en armonía con las condiciones impuestas a los actuales. Por tanto, es imposible establecer inmediatamente un estado social satisfactorio. Una naturaleza como la que ha llenado Europa de millones de hombres armados, aquí para conquistar y allí por revancha; una naturaleza como la que lleva a naciones calificadas como cristianas a competir con otras mandando expediciones de filibusteros por todo el mundo, a pesar de las quejas de los aborígenes, al tiempo que miles de sacerdotes de la religión de amor lo contemplan aprobadoramente; una naturaleza como la que, al tratar con razas más débiles va más allá de la primitiva regla de vida por vida y que por una vida quita muchas; una naturaleza como esa puede, en mi opinión, en modo alguno, conjuntarse en una comunidad armoniosa. La raíz de toda acción social bien ordenada es un sentimiento de justicia, que insiste a la vez en la libertad personal y atiende a una libertad igual para los demás, y actualmente existe una cantidad muy poco apropiada de este sentimiento.
De aquí la necesidad de una mayor continuidad en una disciplina social que requiera que cada hombre lleve sus asuntos con la debida consideración a los asuntos de los demás y que, al tiempo que insista en que tendrá todos los beneficios que le otorga la naturaleza a su conducta, también lo haga en que no perjudicará a otros con los daños que ésta produzca, salvo que éstos decidan libremente afrontarlos. Y así la creencia que lleva a eludir esta disciplina, no sólo desaparecerá, sino que ocasionará peores males que aquéllos de los que se pretende escapar.
Por tanto, no son principalmente en interés de las clases patronales por lo que deba resistirse al socialismo, sino mucho más en interés de las clases de empleados. La producción debe regularse de una forma u otra y los reguladores, por la naturaleza de las cosas, deben ser siempre ser una clase pequeña comparada con la de los verdaderos productores. Bajo cooperación voluntaria, como la actual, los reguladores, al buscar su propio interés, se quedan con una parte tan grande del producto como pueden, pero, como vemos diariamente en los éxitos de los sindicatos, se ven restringidos en su búsqueda de fines egoístas. Bajo la cooperación obligatoria que necesitaría el socialismo, los reguladores, que buscarían su propia interés con no menos egoísmo, no podrían alcanzar la resistencia combinada de los trabajadores libres y su poder, no controlado entonces por el rechazo a trabajar salvo en los términos establecidos, crecería y se ramificaría y consolidaría hasta convertirse en irresistible. El resultado final, como hemos apuntado antes, debe ser una sociedad como la del antiguo Perú, espantosa de contemplar, en la que la masa del pueblo, compartimentada en grupos de 10, 50, 100, 500 y 1000, gobernada por funcionarios de distintos grados y, unida a sus distritos, supervisada en sus vidas privadas así como en sus trabajos y que trabaja duramente sin esperanzas en apoyo de la organización gubernamental.

La Inviabilidad del Socialismo - Ludwig von Mises

Se piensa con frecuencia que si el socialismo no funciona, se debe a que nuestros contemporáneos no poseen aún las necesarias virtudes cívicas, y que los hombres, tal como son actualmente, son incapaces de poner en el desempeño de las tareas que el estado socialista les asigne el mismo celo con que realizan su diario trabajo bajo el signo de la propiedad privada de los medios de producción. En el régimen capitalista, saben que el fruto de su trabajo personal es suyo y que sus ingresos aumentan cuanto más producen, reduciéndose en caso contrario. Por el contrario, en un sistema socialista el que personalmente se gane más o menos no depende ya casi de la excelencia del propio trabajo; en efecto, cada miembro de la sociedad tiene teóricamente asignada una determinada cuota de la renta nacional, sin que varíe de forma apreciable por el hecho de que se trabaje con desgana o con ahínco. La gente piensa que la productividad socialista ha de ser por fuerza inferior a la de la comunidad capitalista.
Así es, en efecto. pero no es éste el fondo de la cuestión. Si fuera posible en la sociedad socialista cifrar la productividad del trabajo de cada camarada con la misma precisión con que se puede conocer, mediante el cálculo económico, la del trabajador en el mercado, podría hacerse funcionar el socialismo sin que la buena o mala fe del individuo en su actividad productiva tuviera que preocupar a nadie. Podría entonces la comunidad socialista determinar qué cuota de la producción total corresponde a cada trabajador y, consiguientemente, cifrar la cuantía en que cada uno ha contribuido a ella. El que en una sociedad colectivista no sea posible efectuar semejante cálculo es lo único que, al final, hace que el socialismo sea inviable.
La cuenta de pérdidas y ganancias, instrumento típico del régimen capitalista, es un claro indicativo de si, dadas las circunstancias del momento, se debe o no seguir adelante con todas y cada una de las operaciones en curso; en otras palabras, si se está administrando, empresa por empresa, del modo más económico posible, es decir, si se está consumiendo la menor cantidad posible de factores de producción. Si un negocio arroja pérdidas, ello significa que las materias primas, los productos semielaborados y los distintos tipos de trabajo en él empleados deberían dedicarse a otros cometidos, en los que se produzcan o bien mercancías distintas, que los consumidores valoran en más y estiman más urgentes, o bien idénticos productos, pero con arreglo a un método más económico, o sea, con menor inversión de capital y trabajo. por ejemplo, cuando el tejer manualmente dejó de ser rentable, ello no indicaba sino que el capital y el trabajo invertido en las instalaciones de tejido mecánico eran más productivos, por lo que era antieconómico mantener instalaciones en las que una misma inversión de capital y trabajo producía menos. En el mismo sentido, bajo el régimen capitalista, si se trata de montar una nueva empresa, fácilmente se puede calcular de antemano su rentabilidad. Supongamos que se proyecta un nuevo ferrocarril; cifrado el tráfico previsto y las tarifas que aquél puede soportar, no es difícil averiguar si resultará o no beneficiosa la necesaria inversión de capital y trabajo. Cuando ese cálculo nos dice que el proyectado ferrocarril no va a producir beneficios, hay que concluir que existen otras actividades sociales que reclaman con mayor urgencia el capital y el trabajo en cuestión; en otras palabras, que todavía no somos lo suficientemente ricos como para efectuar tal inversión ferroviaria. El cálculo de valor y rentabilidad no sólo sirve para averiguar si una determinada operación futura será o no conveniente; ilustra además acerca de cómo funcionan, en cada instante, todas y cada una de las divisiones de las diferentes empresas.

El cálculo económico capitalista, sin el cual resulta imposible ordenar racionalmente la producción, se basa en cifras monetarias. El que los precios de los bienes y servicios se expresen en términos dinerarios permite que, pese a la heterogeneidad de aquéllos, puedan todos, al amparo del mercado, ser manejados como unidades homogéneas. En una sociedad socialista, donde los medios de producción son propiedad de la colectividad y donde, consecuentemente, no existe el mercado ni hay intercambio alguno de bienes y servicios productivos, resulta imposible que aparezcan precios para los aludidos factores denominados de orden superior. El sistema no puede, por tanto, planificar racionalmente, al serle imposible recurrir a un cálculo que sólo puede practicarse recurriendo a un cierto denominador común al que pueda reducirse la inaprehensible heterogeneidad de los innumerables bienes y servicios productivos disponibles.

Contemplemos un sencillo supuesto. Para construir un ferrocarril que una el punto A con el punto B, cabe seguir diversas rutas, pues existe una montaña que separa A de B. La línea ferroviaria podría ascender por encima del accidente orográfico, contornear el mismo o atravesarlo mediante un túnel. Es fácil decidir, en una sociedad capitalista, cuál de las tres soluciones sea la procedente. Se cifra el costo de las diferentes líneas y el importe del tráfico previsible. Conocidas tales sumas, no es difícil deducir qué proyecto es el más rentable. Una sociedad socialista, en cambio, no puede efectuar un calculo tan sencillo, pues es incapaz de reducir a unidad de medida uniforme las heterogéneas cantidades de bienes y servicios que es preciso tomar en consideración para resolver el problema. La sociedad socialista está desarmada ante esos problemas corrientes, de todos los días, que cualquier administración económica suscita. Al final, no podría ni siquiera llevar sus propias cuentas.
El capitalismo ha aumentado la producción de forma tan impresionante que ha conseguido dotar de medios de vida a una población como nunca se había conocido; pero, nótese bien, ello se consiguió a base de implantar sistemas productivos de una dilación temporal cada vez mayor, lo cual sólo es posible al amparo del calculo económico. Y el cálculo económico es, precisamente, lo que no puede practicar el orden socialista. Los teóricos del socialismo han querido, infructuosamente, hallar fórmulas para regular económicamente su sistema, prescindiendo del cálculo monetario y de los precios. Pero en tal intento han fracasado lamentablemente.

Los dirigentes de la ideal sociedad socialista tendrían que enfrentarse a un problema imposible de resolver, pues no podrían decidir, entre los innumerables procedimientos admisibles, cuál sería el más racional. El consiguiente caos económico acabaría, de modo rápido e inevitable, en un universal empobrecimiento, volviéndose a aquellas primitivas situaciones que, por desgracia, ya conocieron nuestros antepasados.

El ideal socialista, llevado a su conclusión lógica, desemboca en un orden social bajo el cual el pueblo, en su conjunto, sería propietario de la totalidad de los factores productivos existentes. La producción estaría, pues, enteramente en manos del gobierno, único centro de poder social. La administración, por sí y ante sí, habría de determinar qué y cómo debe producirse y de qué modo conviene distribuir los distintos artículos de consumo. Poco importa que este imaginario estado socialista del futuro nos lo representemos bajo forma política democrática o cualquier otra. Porque aun una imaginaria democracia socialista tendría que ser forzosamente un estado burocrático centralizado en el que todos (aparte de los máximos cargos políticos) habrían de aceptar dócilmente los mandatos de la autoridad suprema, independientemente de que, como votantes, hubieran, en cierto modo, designado al gobernante.
Las empresas estatales, por grandes que sean, es decir, las que a lo largo de las últimas décadas hemos visto aparecer en Europa, particularmente en Alemania y Rusia, no tropiezan con el problema socialista al que aludimos, pues todavía operan en un entorno de propiedad privada. En efecto, comercian con sociedades creadas y administradas por capitalistas, recibiendo de estas indicaciones y estímulos que su propia actuación ordenan. Los ferrocarriles públicos, por ejemplo, tienen suministradores que les procuran locomotoras, coches, instalaciones de señalización y equipos, mecanismos todos ellos que han demostrado su utilidad en empresas de propiedad privada. Los ferrocarriles públicos, por tanto, procuran estar siempre al día tanto en la tecnología como en los métodos de administración.
Es bien sabido que las empresas nacionalizadas y municipalizadas suelen fracasar; son caras e ineficientes y, para que no quiebren, es preciso financiarlas mediante subsidios que paga el contribuyente.
Desde luego, cuando una empresa pública ocupa una posición monopolista —como normalmente es el caso de los transportes urbanos y las plantas de energía eléctrica— su pobre eficiencia puede enmascararse, resultando entonces menos visible el fallo financiero que suponen. En tales casos, es posible que dichas entidades, haciendo uso de la posibilidad monopolista, amparada por la administración, eleven los precios y resulten aparentemente rentables, no obstante su desafortunada gerencia. En tales supuestos, aparece de modo distinto la baja productividad del socialismo, por lo que resulta un poco más difícil advertirla. Pero, en el fondo, todo es lo mismo.

Ninguna de las mencionadas experiencias socializantes sirve para advertir cuáles serían las consecuencias de la real plasmación del ideal socialista, o sea, la efectiva propiedad colectiva de todos los medios de producción. En la futura sociedad socialista omnicomprensiva, donde no habrá entidades privadas operando libremente al lado de las estatales, el correspondiente consejo planificador carecerá de esa guía que, para la economía entera, procuran el mercado y los precios mercantiles. En el mercado, donde todos los bienes y servicios son objeto de transacción, cabe establecer, en términos monetarios, razones de intercambio para todo cuando es objeto de compraventa. Resulta así posible, bajo un orden social basado en la propiedad privada, recurrir al cálculo económico para averiguar el resultado positivo o negativo de la actividad económica de que se trate. En tales supuestos, se puede enjuiciar la utilidad social de cualquier transacción a través del correspondiente sistema contable y de imputación de costos. Más adelante veremos por qué las empresas públicas no pueden servirse de la contabilización en el mismo grado en que la aprovechan las empresas privadas. El cálculo monetario, no obstante, mientras subsista, ilustra incluso a las empresas estatales y municipales, permitiéndoles conocer el éxito o el fracaso de su gestión. Esto, en cambio, sería impensable en una economía enteramente socialista no podrían jamás reducir a común denominador los costos de producción de la heterogénea multitud de mercancías cuya fabricación programaran.

Esta dificultad no puede resolverse a base de contabilizar ingresos en especie contra gastos en especie, pues no es posible calcular más que reduciendo a común denominador horas de trabajo de diversas clases, hierro, carbón, materiales de construcción de todo tipo, máquinas y restantes bienes empleados en la producción. Sólo es posible el cálculo cuando se puede expresar en términos monetarios los múltiples factores productivos empleados. Naturalmente, el cálculo monetario tiene sus fallos y deficiencias; lo que sucede es que no sabemos con qué sustituirlo. En la práctica, el sistema funciona siempre y cuando el gobierno no manipule el valor del signo monetario; y, sin cálculo, no es posible la computación económica.

He aquí por qué el orden socialista resulta inviable; en efecto, tiene que renunciar a esa intelectual división del trabajo que mediante la cooperación de empresarios, capitalistas y trabajadores, tanto en su calidad de productores como de consumidores, permite la aparición de precios para cuantos bienes son objeto de contratación. Sin tal mecanismo, es decir, sin cálculo, la racionalidad económica se evapora y desaparece.

Extracto del libro "Liberalismo"

lunes, 8 de diciembre de 2008

Desobediencia Civil

Autor: Henry David Thoreau
Traducción: Hernando Jiménez
Fuente: eserver.org

Creo de todo corazón en el lema “El mejor gobierno es el que tiene que gobernar menos”, y me gustaría verlo hacerse efectivo más rápida y sistemáticamente. Bien llevado, finalmente resulta en algo en lo que también creo: “El mejor gobierno es el que no tiene que gobernar en absoluto”. Y cuando los pueblos estén preparados para ello, ése será el tipo de gobierno que tengan. En el mejor de los casos, el gobierno no es más que una conveniencia, pero en su mayoría los gobiernos son inconvenientes y todos han resultado serlo en algún momento. Las objeciones que se han hecho a la existencia de un ejército permanente, que son varias y de peso, y que merecen mantenerse, pueden también por fin esgrimirse en contra del gobierno. El ejército permanente es sólo el brazo del gobierno establecido. El gobierno en sí, que es únicamente el modo escogido por el pueblo para ejecutar su voluntad, está igualmente sujeto al abuso y la corrupción antes de que el pueblo pueda actuar a través suyo. Somos testigos de la actual guerra con Méjico, obra de unos pocos individuos comparativamente, que utilizan como herramienta al gobierno actual; en principio, el pueblo no habría aprobado esta medida. El gobierno de los Estados Unidos ¿qué es sino una tradición, bien reciente por cierto, que lucha por proyectarse intacta hacia la posteridad, pero perdiendo a cada instante algo de su integridad? No tiene la vitalidad y fuerza de un solo hombre: porque un solo hombre puede doblegarlo a su antojo. Es una especie de fusil de madera para el mismo pueblo, pero no es por ello menos necesario para ese pueblo, que igualmente requiere de algún aparato complicado que satisfaga su propia idea de gobierno. Los gobiernos demuestran, entonces, cuán exitoso es imponérsele a los hombres y aún, hacerse ellos mismos sus propias imposiciones para su beneficio. Es excelente, tenemos que aceptarlo. Sin embargo, este gobierno nunca adelantó una empresa, excepto por la algarabía con la que sacó el cuerpo. No mantiene al país libre. No deja al Oeste establecido. No educa. El carácter inherente al pueblo americano es el responsable de todo lo que se ha logrado, y hubiera hecho mucho más si el gobierno no le hubiera puesto zancadilla, como ha ocurrido tantas veces. Porque el gobierno es una estratagema por la cual los hombres intentan dejarse en paz los unos a los otros y llega al máximo de conveniencia cuando los gobernados son dejados en paz.
Si el mercado y el comercio no estuvieran hechos de caucho, jamás lograrían salvar los obstáculos que los legisladores les atraviesan en forma sistemática. Y si uno fuera a juzgar a esos señores sólo por el efecto de sus acciones, y no en parte por sus intenciones, merecerían ser castigados como a los malhechores que atraviesan troncos sobre los rieles del ferrocarril.
Pero, para hablar en forma práctica y como ciudadano, a diferencia de aquellos que se llaman “antigobiernistas”, yo pido, no como “antigobiernista” sino como ciudadano, y de inmediato, un mejor gobierno. Permítasele a cada individuo dar a conocer el tipo de gobierno que lo impulsaría a respetarlo y eso ya sería un paso ganado para obtener ese respeto. Después de todo, la razón práctica por la cual, una vez que el poder está en manos del pueblo, se le permite a una mayoría, y por un período largo de tiempo, regir, no es porque esa mayoría esté tal vez en lo correcto, ni porque le parezca justo a la minoría, sino porque físicamente son los más fuertes. Pero un gobierno en el que la mayoría rige en todos los casos no se puede basar en la justicia, aún en cuanto ésta es entendida por los hombres. ¿No puede haber un gobierno en el que las mayorías no decidan de manera virtual lo correcto y lo incorrecto – sino a conciencia?, ¿en el que las mayorías decidan sólo los problemas para los cuales la regulación de la conveniencia sea aplicable? ¿Tiene el ciudadano en algún momento, o en últimas, que entregarle su conciencia al legislador? ¿Para qué entonces la conciencia individual? Creo que antes que súbditos tenemos que ser hombres. No es deseable cultivar respeto por la ley más de por lo que es correcto. La única obligación a la que tengo derecho de asumir es a la de hacer siempre lo que creo correcto. Se dice muchas veces, y es cierto, que una corporación no tiene conciencia; pero una corporación de personas conscientes es una corporación con conciencia. La ley nunca hizo al hombre un ápice más justo, y a causa del respeto por ella, aún el hombre bien dispuesto se convierte a diario en el agente de la injusticia. Resultado corriente y natural de un indebido respeto por la ley es el ver filas de soldados, coronel, capitán, sargento, polvoreros, etc., marchando en formación admirable sobre colinas y cañadas rumbo a la guerra, contra su voluntad, alás!, contra su sentido común y sus conciencias, lo que hace la marcha más ardua y produce un pálpito en el corazón. No les cabe duda de que la tarea por cumplir es infame; todos están inclinados hacia la paz. Pero, qué son? Son hombres acaso? O pequeños fuertes y polvorines al servicio de algún inescrupuloso que detenta el poder? Visiten un patio de la Armada y observen un marino, el hombre que el gobierno americano puede hacer, o mejor en lo que lo puede convertir con sus artes nigrománticas – una mera sombra y reminiscencia de humanidad, un desarraigado puesto de lado y firmes, y, se diría, enterrado ya bajo las armas con acompañamiento fúnebre...aunque puede ser que
“No se oyó ni un tambor, ni la salva de adiós escuchamos, cuando el cuerpo del héroe y su honor en la tumba en silencio enterramos”. La masa de hombres sirve pues al Estado, no como hombres sino como máquinas, con sus cuerpos. Son el ejército erguido, la milicia, los carceleros, los alguaciles, posse comitatus, etc. En la mayoría de los casos no hay ningún ejercicio libre en su juicio o en su sentido moral; ellos mismos se ponen a voluntad al nivel de la madera, la tierra, las piedras; y los hombres de madera pueden tal vez ser diseñados para que sirvan bien a un propósito. Tales hombres no merecen más respeto que el hombre de paja o un bulto de tierra. Valen lo mismo que los caballos y los perros. Aunque aún en esta condición, por lo general son estimados como buenos ciudadanos. Otros – como la mayoría de los legisladores, los políticos, abogados, clérigos y oficinistas – sirven al Estado con la cabeza, y como rara vez hacen distinciones morales, están dispuestos, sin proponérselo, a ponerle una vela a Dios y otra al Diablo. Unos pocos, como héroes, patriotas, mártires, reformadores en el gran sentido, y hombres – sirven al Estado a conciencia, y en general le oponen resistencia. Casi siempre son tratados como enemigos. El hombre sabio será útil sólo como hombre, y no aceptará ser “arcilla” o “abrir un hueco para escapar del viento”, sino que dejará ese oficio a sus cenizas.
“Soy nacido muy alto para ser convertido en propiedad, para ser segundo en el control o útil servidor e instrumento de ningún Estado soberano del mundo”. El que se entrega por completo a sus congéneres les parece a ellos inútil y egoísta; pero aquel que se les entrega parcialmente es considerado benefactor y filántropo.
¿Cómo le conviene a una persona comportarse frente al gobierno americano de hoy? Le respondo que no puede, sin caer en desgracia, ser asociado con éste. Yo no puedo, ni por un instante, reconocer una organización política que como gobierno mío es también gobierno de los esclavos. Todos los hombres reconocen el derecho a la revolución; es decir, el derecho a negarse a la obediencia y poner resistencia al gobierno cuando éste es tirano o su ineficiencia es mayor e insoportable. Pero muchos dicen que ese no es el caso ahora. Pero era el caso, creo, en la Revolución de 1775. Si alguien viene a decirme que aquel era un mal gobierno porque gravaba ciertas mercancías extranjeras que llegaban a sus puertos, seguramente no haría yo mucho caso del asunto, puesto que me basto sin ellas. Toda máquina produce una fricción, y ésta probablemente no es suficiente para contrarrestar el mal. En todo caso, es un gran mal hacer gran bulla al respecto. Pero cuando la fricción se apodera de la máquina y la opresión y el robo se organizan, les digo, no mantengamos tal máquina por más tiempo. En otras palabras, cuando una sexta parte de la población de una nación que ha tomado como propio ser el refugio de la libertad está esclavizada, y todo un país está injustamente subyugado y conquistado por un ejército extranjero y sujeto a la ley militar, no creo que sea demasiado pronto para que los honestos se rebelen y hagan revolución. Lo que hace más urgente esta obligación es que el país así dominado no es el nuestro y lo único que nos queda es el ejército invasor.
Paley, conocida autoridad con muchos otros en asuntos morales, en su capítulo sobre “Obligación a la obediencia al Gobierno Civil”, resuelve toda obligación moral a la conveniencia y continúa diciendo que “en cuanto el interés de toda la sociedad lo requiera, es decir, en cuanto al gobierno establecido no se pueda oponer resistencia o cambiar sin inconveniencia pública, es la voluntad de Dios...que el gobierno establecido sea obedecido...y no más. Al admitir este principio, la justicia de cada caso específico de resistencia se reduce al computo de la cantidad de peligro y afrenta, por un lado, y a la probabilidad y costo de remediarlo, por el otro”. De esto, dice, cada persona juzgará por sí misma. Pero parece que Paley nunca contempló aquellos casos en los que la ley de conveniencia no es aplicable, en los que un pueblo, tanto como un individuo, debe ejercer justicia, cueste lo que cueste. Si injustamente le he arrebatado una tabla a un hombre que se está ahogando, debo devolvérsela aunque yo me ahogue. Esto, según Paley, no sería conveniente. Pero aquel que salve su vida en tal forma, la perderá. Este pueblo tiene que dejar de tener esclavos y de hacerle la guerra a Méjico, aunque le cueste su propia existencia como pueblo.
En sus prácticas, las naciones están de acuerdo con Paley, pero cree alguien que Massachusetts está haciendo lo correcto en la crisis actual?
“Una puta por Estado, recamado de plata, que le lleven la cola, pero que deja la huella de su alma en la mugre”. En la práctica, quienes se oponen a una reforma en Massachusetts no son cien políticos del Sur, sino cien mil comerciantes y granjeros del Norte, quienes están más interesados en el comercio y la agricultura que en la humanidad, y no están preparados para hacer justicia a los esclavos y a Méjico, cueste lo que cueste. Yo no lucho con adversarios lejanos, sino en contra de quienes, aquí mismo en casa, cooperan y licitan por los que están lejos, y sin los cuales estos últimos serían inofensivos. Estamos acostumbrados a decir que las masas no están preparadas; pero las mejoras son lentas, porque los pocos no son ni materialmente más sabios ni mejores que los muchos. No es tan importante que muchos sean tan buenos como usted, como que haya alguna bondad absoluta en alguna parte, porque ella será la levadura para todo el conjunto. Hay miles de personas que se oponen a la esclavitud y la guerra, pero sin embargo no hacen nada para terminarlas; hay quienes, considerándose hijos de Washington y Franklin, se sientan con las manos en los bolsillos, y dicen que no saben qué hacer, y no hacen nada; hay quienes, anteponen el asunto del libre comercio al de la libertad y leen muy calmados las cotizaciones junto con los últimos informes sobre Méjico, después de la cena, y hasta se quedan dormidos sobre ellos. ¿Cuál es la cotización para un hombre honesto y patriota hoy? Ellos se lo preguntan, tienen remordimientos y hasta redactan un memorial, pero no hacen nada con convicción y efecto. Esperan, muy bien dispuestos, a que otros le pongan remedio al mal, para que ya no les remuerda. Cuando mucho, depositan un voto barato, con un débil patrocinio y deseo de feliz viaje a lo correcto, en cuanto a ellos respecta. Hay novecientos noventa y nueve patronos de la virtud por un hombre virtuoso. Pero es más fácil negociar con el dueño real de alguna cosa que con su guardián temporal. Toda votación es un tipo de juego como las damas o el backgammon, con un ligero tinte moral, un jueguito entre lo correcto y lo incorrecto con preguntas morales, acompañado, naturalmente, de apuestas. El carácter de los votantes no entra en juego. Deposito mi voto, por si acaso, pues lo creo correcto, pero no estoy comprometido en forma vital con que esa corrección prevalezca. Se lo dejo a la mayoría. La obligación de mi voto, por lo tanto, nunca excede la conveniencia. Aún votar por lo correcto no es hacer nada por ello. Es simplemente expresar bien débilmente ante los demás un deseo de que eso (lo correcto) prevalezca. El hombre sabio no deja el bien a la merced del chance, ni desea que prevalezca por el poder de la mayoría. Hay poca virtud en la acción de las masas. Cuando la mayoría finalmente vote por la abolición de la esclavitud, será porque ya es indiferente a ella, o por que queda poca esclavitud para ser abolida con su voto. Entonces ellos mismos serán los únicos esclavos. Sólo acelera con su voto la abolición de la esclavitud quien afirma por medio de él su propia libertad.
Me entero de una convención a reunirse en Baltimore, o en alguna otra parte, para escoger un candidato a la Presidencia, convención formada principalmente por editores y políticos de profesión; pero me pregunto, ¿qué representa para una persona independiente, inteligente y respetable la decisión que allí se tome? ¿No tenemos, sin embargo, la ventaja de la sabiduría y la honestidad? ¿No contamos con algunos votos independientes? ¿No hay muchas personas en este país que no asisten a convenciones? Pero no: encuentro que el llamado hombre respetable ha sido arrastrado de su posición, y se desespera de su país, cuando su país tiene más razones para desesperarse de él. En el acto, adopta a uno de los candidatos seleccionados, como el único disponible, probando que él mismo está disponible para cualquier propósito del demagogo. Su voto no tiene más valor que el de cualquier extranjero sin principios o nacional a sueldo, que haya sido comprado. ¡Loa al hombre que es hombre!, o, como dice un vecino “es hueso difícil de roer”. Nuestras estadísticas están erradas: la población es presentada exageradamente grande. ¿Cuántos habitantes hay por milla cuadrada en este país? Escasamente uno. Es que los Estados Unidos no ofrecen aliciente para que las gentes se establezcan aquí? El norteamericano ha degenerado en el Tipo Simpático – conocido por el desarrollo de su órgano de sociabilidad, por la falta manifiesta de intelecto y por una seguridad desenfadada, cuya primera y más importante preocupación al llegar a este mundo, es ver que los hospicios estén en buenas condiciones, y antes de que haya estrenado su atuendo viril, empieza a recolectar fondos para sostener a las viudas y huérfanos que puedan aparecer, y quien, en últimas, se aventura a vivir solo de la ayuda de la Mutual de Seguros, que le ha prometido enterrarlo decentemente.
De hecho, no es obligación de un individuo dedicarse a la erradicación del mal, aún del más enorme; bien puede tener otras inquietudes que lo ocupen. Pero es su obligación al menos lavarse las manos de ese mal, y si no le dedica mayor pensamiento, tampoco debe darle su apoyo en la práctica. Si yo me dedico a otras empresas y contemplaciones, debo ante todo ver que no las emprenda montado sobre los hombros de otro. Debo desmontarme primero para que él pueda adelantar sus contemplaciones también. Vean qué gran inconsistencia se tolera. Les he oído decir a algunos de mis paisanos: “Me gustaría que me ordenaran ir a ayudar a extinguir una insurrección de esclavos o a marchar a Méjico, ya vería si voy”. Y, sin embargo, cada uno de ellos ha contribuido, directamente con su obediencia, e indirectamente con su dinero, suministrando un sustituto. El soldado que rehusa servir en una guerra injusta es aplaudido por aquellos que no rehusan sostener al gobierno injusto que hace la guerra; es aplaudido por aquellos cuyos actos y autoridad ese gobierno no tiene en cuenta ni valora en nada. Como si el Estado estuviera tan arrepentido que contratara a uno para que lo azotara mientras peca, pero no para dejar de pecar. Así, bajo el rótulo del Orden y Gobierno Civil se nos hace a todos rendir homenaje y sostener nuestra propia maldad. Después del primer sonrojo de pecado se pasa a la indiferencia y de lo inmoral se llega a lo amoral, lo que resulta necesario para esa vida que nos hemos forjado. El error más amplio y permanente necesita de la más desinteresada virtud para sostenerse. Los nobles son quienes más comúnmente incurren en el ligero reproche que se le hace a la virtud del patriotismo. Aquellos, quienes a la vez que desaprueban el carácter y las medidas de un gobierno, le entregan su respaldo, son sin duda sus más conscientes soportes y con frecuencia el obstáculo más serio a la reforma.
Algunos le están pidiendo al Estado disolver la Unión para desconocer las solicitudes del Presidente. Por qué no la disuelven ellos mismos – la unión entre ellos y el Estado – y se niegan a pagar su cuota al Tesoro? No están ellos en la misma relación con el Estado que éste con la Unión? Y no son las mismas razones que han impedido al Estado oponerse a la Unión las que les impiden a ellos oponerse al Estado? ¿Cómo puede una persona estar satisfecha con sólo mantener una opinión y al mismo tiempo disfrutarlo? ¿Hay alguna satisfacción en ello, si su opinión es la de que está siendo agraviado? Si a usted lo engañan así sea en un solo dólar, usted no queda satisfecho con saber que lo engañaron, con decirlo, ni aún con pedir que se le restituya lo que le pertenece; sino que usted se empeña de manera efectiva en recuperar la suma completa y en ver que no se le vuelva a engañar jamás. La acción por principio, la percepción y el desarrollo de lo correcto, cambian las cosas y las relaciones; es algo esencialmente revolucionario y no concuerda con nada de lo que fue. No solo dividió Estados e Iglesias, divide a las familias; ay!, divide al individuo, separando en él lo diabólico de lo divino.
Existen leyes injustas: ¿debemos estar contentos de cumplirlas, trabajar para enmendarlas, y obedecerlas hasta cuando lo hayamos logrado, o debemos incumplirlas desde el principio? Las personas, bajo un gobierno como el actual, creen por lo general que deben esperar hasta haber convencido a la mayoría para cambiarlas. Creen que si oponen resistencia, el remedio sería peor que la enfermedad. Pero es culpa del gobierno que el remedio sea peor que la enfermedad. Es él quien lo hace peor. ¿ Por qué no está más apto para prever y hacer una reforma? ¿ Por qué no valora a su minoría sabia? ¿Por qué grita y se resiste antes de ser herido? ¿Por qué no estimula a sus ciudadanos a que analicen sus faltas y lo hagan mejor de lo que él lo haría con ellos? ¿Por qué siempre crucifica a Cristo, excomulga a Copérnico y a Lutero y declara rebeldes a Washington y a Franklin? Uno pensaría que una negación deliberada y práctica de su autoridad fue la única ofensa jamás contemplada por su gobierno, o si no, por qué no ha asignado un castigo definitivo, proporcionado y apropiado? Si un hombre que no tiene propiedad se niega sólo una vez a rentar nueve chelines al Estado, es puesto en prisión por un término ilimitado por ley que yo conozca, y confinado a la discreción de aquellos que lo pusieron allí; pero si le roba noventa veces nueve chelines al Estado, es pronto puesto de nuevo en libertad.
Si la injusticia es parte de la fricción necesaria de la máquina del gobierno, vaya y venga, tal vez la fricción se suavice – ciertamente la máquina se desgasta. Si la injusticia tiene un resorte, una polea, un cable, una manivela exclusivamente para sí, quizá usted pueda considerar si el remedio no es peor que la enfermedad; pero si es de tal naturaleza que le exige a usted ser el agente de injusticia para otro, entonces yo le digo, incumpla la ley. Deje que su vida sea la contra fricción que pare la máquina. Lo que tengo que hacer es ver, de cualquier forma, que yo no me presto al mal que condeno. En cuanto a adoptar las maneras que el Estado ha entregado para remediar el mal, yo no sé nada de tales maneras. Toman mucho tiempo, y la vida se habrá acabado para entonces. Tengo otras cosas que hacer. Yo vine a este mundo no propiamente a convertirlo en un buen sitio para vivir, sino a vivir en él, ya sea bueno o malo. Una persona no tiene que hacerlo todo, sino algo; y puesto que no puede hacerlo todo, no es necesario que ande haciendo peticiones al gobernador o al legislador más de lo que ellos me las tienen que hacer a mí. ¿Y si ellos no oyen mi petición, qué tengo que hacer? En este caso el Estado no tiene respuesta: su propia Constitución es el mal. Esto puede parecer fuerte, terco y no conciliatorio, pero es tratar con la mayor amabilidad y consideración al único espíritu que puede agradecerlo o merecerlo. Así que todo es cambio para mejorar, como el nacimiento y la muerte, que convulsionan el cuerpo. No dudo en afirmar que aquellos que se llaman abolicionistas debería retirar inmediatamente su apoyo personal y económico al gobierno de Massachusetts, y no esperar a constituir una mayoría de uno que les otorgue el derecho de prevalecer. Creo que es suficiente con tener a Dios de su lado, sin esperar a ese otro uno. Más aún, cualquier hombre más correcto que sus vecinos constituye de por sí una mayoría de uno.
Yo me entrevisto con el gobierno americano, o su representante, el gobierno del Estado, directamente, cara a cara, una vez al año – nada más – en la persona de su recaudador de impuestos; esta es la única forma en la que una persona de mi posición puede encontrarse con ese Estado. Y entonces él dice bien claro: Reconózcame; y la manera más sencilla, la más efectiva, en el actual curso de los hechos, la manera indispensable de tratar con él en su cara, de expresarle uno su poca satisfacción y poco amor por él es negarlo. Mi vecino civil, el recaudador, es el hombre de carne y hueso con quien tengo que tratar – porque, después de todo, es con hombres y no con papeles con quienes yo peleo, y él ha escogido voluntariamente ser un agente del gobierno. ¿Cómo hará para saber bien lo que él es y lo que tiene que hacer como funcionario del gobierno, o como hombre, cuando se vea obligado a considerar si a mí – su vecino - a quien respeta como buen vecino - me trata como tal, o como a un loco que altera la paz, e igualmente resolver cómo puede sobreponerse a esa obstrucción a la buena voluntad, sin que lo asalten pensamientos más rudos y contundentes, o sin adoptar un vocabulario acorde con su acción? Yo sí lo sé muy bien: si mil, o cien o diez hombres – a quienes puedo nombrar – si sólo diez hombres honestos – alás! si un hombre HONESTO, en este Estado de Massachusetts, dejara de tener esclavos, realmente se retirara de esa cosociedad y fuera encerrado por ello en la cárcel del Condado, eso sería la abolición de la esclavitud en América. Porque lo que importa no es qué tan pequeño pueda ser el comienzo: lo que se hace una vez bien, se hace para siempre. Pero preferimos hablar de ello: a lo que digamos, reducimos nuestra misión. La reforma cuenta con muchos informes periodísticos a su servicio, pero ni con un solo hombre.
Si mi estimado vecino, el embajador del Estado, que dedicará sus días a tratar el asunto de los derechos humanos en la Cámara del Consejo, en vez de ser amenazado con las prisiones de Carolina, fuera a sentarse como prisionero de Massachusetts, ese Estado que está tan ansioso por endilgarle el pecado de la esclavitud a su hermana, aunque hasta el momento solo se ha basado en un acto de inhospitalidad para pelear con ella, no desestimaría considerar el tema en la legislatura del próximo invierno.
Bajo un gobierno que encarcela injustamente, el verdadero lugar para un hombre justo está en la cárcel. El lugar apropiado hoy, el único sitio que Massachusetts ha provisto para sus espíritus más libres y menos desalentados está en sus prisiones: está en ser encerrados y excluidos del Estado por acción de éste, así como ellos mismos se han puesto fuera de él, movidos por sus propios principios. Es allí donde los deben encontrar el esclavo fugitivo, el prisionero mejicano puesto en libertad bajo palabra y el indio que vino a interceder por las faltas imputadas a su raza. Es allí, en ese suelo separado, pero más libre y honorable, donde el Estado coloca a los que no están con él, sino en su contra, donde el hombre libre puede habitar con honor. Si alguien piensa que su influjo se pierde allí, y que su voz ya no llega al oído del Estado, que él mismo no es visto como el enemigo dentro de sus muros, no sabe qué tanto la verdad es más fuerte que el error, ni qué tanto puede elocuente y efectivamente combatir la injusticia quien la ha experimentado en su propia persona. Deposite su voto completo, no sólo una tira de papel, sino todo su influjo. Una minoría es impotente, ni siquiera es una minoría, mientras se amolde a las mayorías; pero se vuelve insostenible cuando obstaculiza con todo su peso. Si la alternativa es mantener a todos los justos presos o renunciar a la esclavitud y la guerra, el Estado no dudará en escoger. Si mil ciudadanos no pagaran sus impuestos este año, esa no sería una medida violenta y sangrienta, como sí lo sería pagarlos, habilitando al Estado para que ejerza violencia y derrame sangre inocente. Esta es, de hecho, la definición de una revolución pacífica, si es que tal revolución es posible. Si el recaudador, o cualquier otro funcionario – como ya ha sucedido - me pregunta: “y entonces qué hago? ”, mi respuesta es: “si usted de verdad quiere hacer algo, renuncie al puesto”. Cuando el súbdito se ha negado a someterse y el funcionario renuncia a su cargo, la revolución se ha logrado. ¿Y no hay también derramamiento de sangre cuando se hiere la conciencia? Por esta sangre brotan la hombría y la inmortalidad de un ser humano y esa sangre fluye hacia una muerte eterna. Veo esa sangre fluyendo ahora.
Hasta ahora, he considerado el encarcelamiento del transgresor más que la confiscación de sus bienes – aunque ambos sirven el mismo propósito – porque aquellos que se sostienen en la corrección más pura, y en consecuencia son más peligrosos para el Estado corrupto, generalmente no han dedicado mucho tiempo a acumular propiedades. A ellos, el Estado comparativamente les presta poco servicio, y un pequeño impuesto es costumbre que parezca exorbitante, particularmente si se les obliga a pagarlo con trabajo de sus propias manos. Si hubiese alguien que viviera completamente sin el uso del dinero, el Estado mismo dudaría en exigírselo. Pero el rico – sin hacer comparaciones odiosas – está siempre vendido a la institución que lo hace rico. En estricto sentido, a más dinero menos virtud, porque el dinero se interpone entre la persona y sus objetivos y los obtiene para él; ciertamente, no fue gran virtud obtenerlo. El dinero pone de lado muchas preguntas que de otra manera la persona se vería obligada a responder, mientras que la nueva pregunta es difícil pero superflua: cómo gastarlo! Así, le han quitado a la persona su piso moral. Las oportunidades de vivir se disminuyen en proporción al aumento de los llamados “medios de subsistencia”. Lo mejor que una persona puede hacer por su cultura cuando es rica, es realizar los esquemas que se propuso cuando era pobre. Cristo respondía a los súbditos de Heródes según su condición. “Mostradme vuestro dinero del tributo”, les decía, y uno sacó un centavo del bolsillo, “si usáis dinero acuñado con la imagen del César, y que él ha hecho corriente y valioso, es decir, sois un hombre del Estado y disfrutáis a gusto de las ventajas del gobierno del César, entonces retribuid con algo de lo que le pertenece cuando él os lo pide. Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, y no los dejaba más sabios en cuanto cuál era para cuál, porque ellos no querían saber.
Cuando yo converso con el más libre de mis vecinos, me doy cuenta de que cualquier cosa que mi interlocutor diga sobre la magnitud y seriedad de un asunto, lo mismo que su preocupación por la tranquilidad pública, me la presenta sujeta a la protección del Gobierno vigente y más bien se espanta de las consecuencias que la desobediencia les pueda acarrear a su propiedad y a sus familias. Por mi parte, no quiero ni pensar que alguna vez dependa de la protección del Estado. Pero si yo niego la autoridad del Estado cuando éste me presenta la cuenta de los impuestos, pronto se llevarán y gastarán mis propiedades y me acosarán a mí y a mis hijos indefinidamente. Esto es doloroso. Esto hace imposible a la persona vivir honestamente y al tiempo con comodidad en lo que a exterioridades respecta. No vale la pena acumular propiedades que de seguro se volverán a ir. Hay que alquilar o invadir cualquier predio, cultivar una pequeña cosecha y comérsela pronto. Hay que vivir dentro de sí mismo y depender de uno mismo, siempre arremangado y listo a arrancar, sin tener muchos asuntos pendientes. Un hombre puede volverse rico en Turquía, si es en todo aspecto un buen súbdito del gobierno turco. Confucio dijo: “Si un Estado es gobernado por los principios de la razón, la pobreza y la miseria son objeto de vergüenza; si el Estado no es gobernado por los principios de la razón, la riqueza y los honores son objeto de vergüenza”. No: hasta cuando se me extienda la protección de Massachusetts hasta un puerto en el Sur, donde mi libertad esté en peligro, o hasta cuando me dedique a aumentar mi patrimonio aquí con industriosidad pacífica, me puedo dar el lujo de rehusar la sumisión a Massachusetts, y a su derecho sobre mi propiedad y mi vida. En todo caso, me sale más barato sufrir el castigo por desobediencia al Estado que obedecer. Me sentiría que yo mismo valdría menos.
Hace unos años, el Estado me llamó a favor de la Iglesia y me conminó a pagar una suma para el mantenimiento de un clérigo, cuyos sermones mi padre escuchaba, pero yo no. “Pague”, se me dijo, “o será encerrado en la cárcel”. Yo me negué a pagar. Desagraciadamente, otra persona consideró apropiado hacerlo por mí. Yo no entendía por qué el maestro de escuela tenía que pagar impuesto para sostener al cura, y no el cura para sostener al maestro, así yo no fuera maestro del Estado, sino que me sostenía por suscripción propia. Yo no veía por qué el Liceo no podía presentar su cuenta de impuestos y hacer que el Estado respaldara su petición lo mismo que la de la Iglesia. Sin embargo, a petición de los Concejales, fui condescendiente como para hacer la siguiente declaración por escrito: “Sírvanse enterarse de que yo, Henry Thoreau, no deseo ser considerado miembro de ninguna sociedad a la cual yo mismo no me haya unido”. El Estado, habiéndose enterado de que yo no quería ser considerado miembro de esa iglesia, nunca me ha vuelto a hacer tal exigencia, aunque decía que tenía que acogerse a su presunción en ese momento. Si hubiese sabido los nombres, me habría retirado de todas las sociedades a las que nunca me inscribí, pero no supe dónde encontrar la lista completa.
Hace seis años que no pago el impuesto de empadronamiento. Me apresaron una vez por eso, por una noche. Y mientras meditaba sobre el grosor de los muros de piedra, de dos o tres pies de ancho, de la puerta de madera y hierro de un pie de espesor, y de las rejas de hierro por las que se colaba la luz, no pude evitar aterrarme de la tontería de aquella institución que me trataba como si yo no fuera más sino carne, sangre y huesos que encerrar. Concluí finalmente que ésta era la mayor utilidad que el Estado podía sacar de mí y que nunca pensó en beneficiarse de alguna manera con mis servicios. Pensé que si había un muro de piedra entre mis conciudadanos y yo, había uno mucho más difícil de trepar o atravesar antes de que ellos pudieran llegar a ser tan libres como yo. Nunca me sentí encerrado, y los muros semejaban un gran desperdicio de piedra y argamasa. Sentí que yo era el único de mis conciudadanos que había pagado el impuesto. Ciertamente no sabían cómo tratarme; pero se comportaban como tipos maleducados. En cada amenaza y en cada lisonja se pifiaban, porque creían que lo que yo más quería era estar del otro lado del muro. Yo no podía sino sonreír de ver con qué laboriosidad cerraban la puerta a mis meditaciones, lo que los dejaba de nuevo sin oposición ni obstáculo, y esas meditaciones eran realmente lo único peligroso que allí había. Como no me podían atrapar, resolvieron castigar mi cuerpo, como niños, que si no pueden llegar a la persona a la que tienen tirria, le maltratan el perro. Observé que el Estado era ingenioso sólo a medias, que era tímido. Como una viuda en medio de su platería, y que no diferenciaba sus amigos de sus enemigos, y así perdí lo que me quedaba de respeto por él y le tuve lástima.
El Estado, pues, nunca confronta a conciencia la razón de una persona, intelectual o moralmente, sino sólo su cuerpo, sus sentidos. No está equipado con un ingenio superior o una honestidad superior, sino con fuerza superior. Yo no nací para ser forzado. Respiro a mi manera. Ya veremos quien es el más fuerte. ¿Qué fuerza tiene una multitud? Sólo me pueden forzar los que obedecen una ley más alta que yo. Quieren forzarme a que me vuelva como ellos. No escucho a quienes han sido forzados por las masas a vivir así o asá. ¿Qué vida es ésa? Cuando un gobierno me dice, “la bolsa o la vida”, por qué tengo que correr a darle mi plata? Pueden estar en apuros y no saber qué hacer: lo siento mucho. Ellos verán qué hacen. Que hagan como yo. No vale la pena lloriquear por eso. Yo no soy responsable de que la maquinaria de la sociedad funcione. No soy hijo del ingeniero. Sólo veo que cuando una bellota y una castaña caen juntas, la una no se queda inerte para hacerle campo a la otra, ambas obedecen sus propias leyes y germinan y crecen y florecen lo mejor que pueden, hasta que una, quizás, eclipsa y destruye a la otra. Si una planta no puede vivir de acuerdo a la naturaleza, se muere; lo mismo el hombre.
La noche en la prisión fue novedosa e interesante. Cuando entré, los prisioneros, en mangas de camisa, gozaban de una charla y del aire de la noche. Pero el carcelero dijo: “Vamos muchachos, es hora de encerrarlos”, entonces se dispersaron, y oí el ruido de sus pasos de regreso a la vacuidad de sus compartimentos. El carcelero me presentó a mi compañero como “un tipo de primera y un hombre inteligente”. Cuando cerraron la puerta, me indicó dónde colgar mi sombrero y me contó cómo arreglaba sus asuntos allí. Los cuartos eran blanqueados una vez al mes, y éste, al menos, era el más blanco; el amoblado de forma muy sencilla y seguramente el más pulcro del pueblo. Naturalmente quería saber de dónde venía yo, qué me había traído. Cuando le hube contado, yo también le pregunté por qué estaba allí, bajo la presunción de que era un hombre honesto, y claro que lo era. “Bien”, dijo, “me acusan de quemar un granero, pero nunca lo hice”. Por lo que pude descubrir, él probablemente se había acostado borracho, fumando pipa, y el granero se incendió. Gozaba de la reputación de ser inteligente; había estado allí cerca de tres meses esperando el juicio, y tendría que esperar otro tanto, pero estaba domesticado y contento, puesto que recibía alimentación gratis y se consideraba bien tratado. Él miraba por una ventana y yo por la otra. Observé que si uno se quedaba allí por largo tiempo su actividad central se reducía a mirar por la ventana. Pronto leí todas las huellas que allí quedaban y examiné por donde se habían escapado los antiguos prisioneros, donde habían segueteado una reja y oí la historia de varios inquilinos de aquella celda; descubrí que aún allí había historias y habladurías que nunca circulaban más allá de los muros de la prisión. Seguramente ésta es la única casa del pueblo donde se escriben versos, que luego se imprimen en hojas que no se publican. Pude ver una larga lista de jóvenes que habían intentado escapar, quienes se vengaron cantando sus versos.
Yo le sonsaqué a mi compañero todo lo que pude, movido por el temor de no volver a verlo; luego me indicó cuál era mi cama y me dejó apagar la vela.
Tendido allí por una noche fue como viajar a un país remoto que nunca había esperado visitar. Me pareció que no había escuchado antes el llamado de las campanas del reloj del pueblo ni el sonido nocturno de la aldea, puesto que dormíamos con las ventanas abiertas, que daban a la parte interna de las rejas. Fue ver mi pueblo natal a la luz del Medioevo y nuestro Concord convertido en un Rin, que pasaba con sus caballos y castillos. Oí las voces de antiguos burgueses por las calles. Fui el espectador y oyente involuntario de todo lo dicho y hecho en la posada vecina: una nueva y extraña experiencia. Fue una visión más cercana de mi pueblo. Me metí dentro. Nunca antes había visto sus instituciones. Ésta es una de sus instituciones características porque éste es un Condado. Empecé a comprender lo que son sus habitantes.
Por la mañana, nos pasaron el desayuno por un hueco de la puerta por donde cabían jarros de lata y una cuchara metálica. Cuando vinieron por los platos, fui tan bisoño como para devolver el pan que había dejado, pero mi camarada lo agarró y dijo que debía reservarlo para el almuerzo o la comida. Pronto lo dejaron salir a segar heno en un campo vecino, a donde iba todos los días sin regresar hasta el medio día; así que me dijo adiós y que dudaba de que me volviera a ver.
Cuando salí de prisión – porque alguien se atravesó y pagó el impuesto – no percibí que hubiera habido grandes cambios en el exterior, como los que encuentra el que entra joven y sale viejo; y sin embargo, un cambio se presentó ante mis ojos – el pueblo, el Estado, el país eran más grandes de lo que el mero tiempo podía afectarlos. Vi más claro el Estado en el que vivía. Vi hasta qué punto se podía tener como buenos amigos y vecinos a las personas entre quienes había vivido. Su amistad era ante todo para los buenos tiempos. Vi que básicamente no se proponían hacer el bien, que eran de otra raza distinta a la mía por sus prejuicios y supersticiones . Como los chinos y los malayos, que en sus sacrificios por la humanidad no se arriesgan ni siquiera en sus propiedades. Vi que, después de todo, no eran tan nobles, sino que trataban al ladrón como éste los había tratado, y confiaban que por cierto cumplimiento externo y algunas oraciones, y por seguir una senda particularmente derecha e inútil salvarían sus almas. Puede que esto sea juzgarlos un tanto duro, pero muchos de ellos ni siquiera son conscientes de que en su pueblo exista una institución como la cárcel.
Una antigua costumbre del pueblo, cuando el deudor pobre salía de la cárcel, era ir a saludarlo, mirándolo por entre los dedos, que representaban los barrotes de la cárcel; “¿Cómo le va?”. Mis vecinos no me dieron ese saludo; sólo me miraban y luego se miraban, como si yo hubiera vuelto de un largo viaje. A mí me tomaron prisionero mientras iba donde el zapatero a recoger un zapato remontado. Cuando me soltaron por la mañana procedí a terminar el mandado y después de ponerme el zapato me uní a un grupo de recogedores de arándano, que se mostraron impacientes por ponerse bajo mi conducción. El caballo pronto fue bien cargado y en media hora estuvimos en medio de un campo de arándanos en lo alto de una colina, a dos millas de distancia, y el Estado ya no se veía por ninguna parte.
Esta es la historia completa de “Mis Prisiones”.
Nunca me he negado a pagar el impuesto de rodamiento, porque quiero ser tan buen vecino como mal súbdito, y en cuanto a subvencionar escuelas, aquí estoy dando mi contribución para educar a mis compatriotas. No es por un punto en especial de la cuenta de impuestos que me niego a pagarla. Simplemente deseo rehusar la sumisión al Estado, retirarme y permanecer retirado de manera efectiva. No me interesa seguirle la pista a mi dólar, si puedo, hasta que ese dólar le compre un rifle a un hombre para que le dispare a otro – el dólar es inocente – pero sí me interesa seguirle la pista a los efectos de mi sumisión.
De hecho, le declaro la guerra al Estado, a mi manera, aunque lo utilice y me aproveche de él en cuanto pueda, como es usual en tales casos.
Si otros, por simpatía con el Estado, pagan el impuesto que a mí me piden, hacen lo mismo que cuando pagaron el suyo, es decir, apoyan la injusticia más de lo que el Estado les exige. Si pagan el impuesto por una solidaridad equivocada con la persona a la que se le ha cobrado, para salvarle sus propiedades o evitarle que termine en la cárcel, es porque no han medido con inteligencia hasta dónde dejan interferir sus sentimientos personales con el bien público.
Esta es mi posición en el momento. Pero uno no puede estar demasiado a la defensiva en este caso, no sea que sus acciones se parcialicen por la obstinación o la demasiada preocupación por la opinión de los demás. Hay que dejar a cada quien hacer sólo lo que le pertenece a él y a su momento.
A vece me digo, bueno, esta gente es bien intencionada, sólo son ignorantes, obrarían mejor si supieran cómo: Por qué poner a los vecinos en la dificultad de tratarlo a uno en una forma en que no están inclinados a hacerlo? Pero recapacito: esa no es razón para que yo actúe como ellos o permita que otros sufran un dolor mayor y diferente. Y luego, vuelvo y me digo, cuando millones de hombres, sin agresividad, sin mala intención, sin sentimientos personales de ningún tipo, piden solo unas monedas, sin la posibilidad, tal es su manera de ser, de retractarse o alterar su exigencia, y sin la posibilidad, por parte de quien recibe la petición, de apelar a otros millones de personas, por qué exponerse a esta fuerza bruta sobrecogedora? No nos oponemos al frío y al hambre, a los vientos y a las olas con tanta obstinación. Nos entregamos sumisos a mil necesidades similares. Usted no pone las manos al fuego. Pero también en la medida en que yo no veo esto como una fuerza bruta total sino como una fuerza humana en parte, y considero que yo tengo que ver con esos millones como lo tengo con millones de hombres, y no como brutos o cosas inanimadas, veo que esa apelación es posible, en primer lugar y de forma instantánea, de ellos a su Creador y, en segundo lugar, de ellos a sí mismos. Pero si deliberadamente pongo las manos al fuego, no hay apelación al fuego, ni al Creador del fuego, y sólo yo tengo que culparme por ello. Si pudiera convencerme de que tengo algún derecho a estar satisfecho con los hombres como son, y tratarlos de acuerdo a eso, y no según mis expectativas y exigencias de lo que ellos y yo debemos ser, entonces, como un musulmán y fatalista, trabajaría por conformarme con las cosas tal y como están, y con decir que eso es la voluntad de Dios. Y, sobre todo, está la diferencia entre oponerse a esto o a una fuerza bruta y natural, y es que yo puedo oponerme a esto con algún efecto, pero no puedo esperar como Orfeo cambiar la naturaleza de las rocas, los árboles o las bestias.
No deseo pelear con ningún hombre o nación. No quiero pararme en pelos, hacer diferencias sutiles, o creerme mejor que los demás. Hasta busco, podría decir, casi una excusa para ajustarme a las leyes de la tierra. Estoy más que listo para amoldarme a ellas. Ciertamente tengo razones para catalogarme de este modo; y cada año, cuando el recaudador llega, estoy dispuesto a revisar las actas y la posición de los gobiernos nacional y federal, y el espíritu de la gente para aceptar el conformismo.
“Tenemos que querer a nuestro país como a nuestros padres. Debemos respetar los efectos y enseñar al alma asuntos de conciencia y religión, y no el deseo de dominio o beneficio”. Creo que el Estado pronto podrá quitarme esta carga de encima y entonces ya no seré mejor patriota que mis conciudadanos. Vista desde un mirador más bajo, la Constitución, con todas sus faltas, es muy buena; la ley y las Cortes muy respetables; aún este Estado y este gobierno americano son, en muchos aspectos admirables; y hay algunas cosas, que tantos otros han descrito, por las que agradecer; pero analizadas desde una perspectiva superior y aún desde la más alta, ¿quién dice lo que son o que vale la pena considerarlas o siquiera pensarlas?
Con todo, el gobierno no me preocupa mucho, y pienso en él lo menos que puedo. No es mucho el tiempo que vivo bajo el gobierno, aún en este mundo. Si un hombre piensa libremente, sueña, imagina libremente, nunca estará por mucho tiempo de acuerdo con lo que no es como con lo que es, así que no puede ser interrumpido por gobernantes o reformadores obtusos.
Sé que muchas personas no piensan como yo, pero aquellos cuyas vidas, por obra de su profesión, están dedicadas al estudio de materias afines no me satisfacen casi en nada. Estadistas y legisladores, que están siempre de acuerdo dentro de la institución, nunca la ven clara y desnuda. Hablan de la sociedad en movimiento, pero no tienen lugar de descanso sin ella. Pueden ser hombres de cierta experiencia y discernimiento, y sin duda han inventado sistemas ingeniosos y útiles, que les agradecemos, pero todo su ingenio y utilidad reposa en límites estrechos. Olvidan que el mundo no está gobernado por los programas y la ventaja personal. Webster nunca se le enfrenta al gobierno, así que no puede hablar de él con autoridad. Sus palabras son sabiduría para aquellos legisladores que no contemplan reformas esenciales en el gobierno actual; pero para los pensadores y para aquellos que legislan para todo tiempo, Webster no acierta una. Conozco a aquellos cuya serena y sabia especulación sobre este tema pronto les hará ver la estrechez del pensamiento y el pupilaje de Webster.
Con todo, comparado con los ordinarios alcances de muchos reformadores, y la aún más ordinaria sabiduría y elocuencia de los políticos en general, las de Webster son las casi únicas palabras razonables y valiosas, y le agradecemos al Cielo por él. Comparativamente, es siempre fuerte, original y sobre todo, práctico. Sin embargo, su cualidad no es la sabiduría sino la prudencia. La verdad de los abogados no es la Verdad, sino la consistencia o una conveniencia consistente. La Verdad está siempre en armonía consigo misma y no está interesada en revelar la justicia que pueda concordar con el mal obrar. Webster merece ser llamado, como lo ha sido, el Defensor de la Constitución. No se le pueden dar otros golpes distintos a los defensivos. No es un líder sino un seguidor. Sus líderes son los hombres de 1787. “Yo nunca he hecho un esfuerzo”, dice, “y nunca propongo hacer un esfuerzo, nunca he apoyado un esfuerzo y no tengo intención de apoyarlo para interferir el acuerdo inicial por el cual los diversos estados formaron la Unión”, y respecto de la aprobación que la Constitución otorgó a la esclavitud: “Puesto que era parte del paquete inicial...déjenla ahí”. A pesar de su agudeza y capacidad, Webster es incapaz de aislar un hecho de sus meras relaciones políticas, y verlo como se le presenta al intelecto – por ejemplo, qué incumbe a un hombre hacer aquí en América hoy respecto de la esclavitud – sino que se aventura, o es llevado a dar una respuesta desesperada a lo siguiente, pretendiendo hablar de forma absoluta y como individuo particular – de lo cual qué nuevo y singular se puede sacar a favor de la obligación social? “La forma”, dice, “ como los gobiernos de los Estados donde existe la esclavitud la regulen, está a su propia consideración, bajo la responsabilidad de sus constituyentes, según las leyes generales de la propiedad, humanidad y justicia y según Dios. Las asociaciones formadas en otra parte, salidas de sentimientos humanitarios, o por cualquier otra causa, no tienen nada que ver con ello. Nunca han recibido motivación de parte mía, y nunca la tendrán.” (Estos apartes han sido insertados, puesto que la conferencia fue leída. H.D.T.)
Aquellos que no conocen una fuente más pura de verdad, que no han buscado el manantial más arriba, se apoyan, y lo hacen sabiamente, en la Biblia y en la Constitución, y beben de ellas con reverencia y humanidad; pero aquellos que observan de donde esa verdad vierte gota a gota a este lago o a aquel estanque se amarran los calzones y siguen su peregrinaje hacia el nacedero.
No ha aparecido en América el genio legislador. Son raros en la historia del mundo. Hay oradores, políticos, y hombres elocuentes por miles; pero aún no ha abierto la boca el que tiene que formular las preguntas más molestas. Nos gusta la elocuencia en sí misma y no por la verdad que contenga o por cualquier acto heroico que inspire. Nuestros legisladores no han aprendido todavía el valor comparativo del libre cambio y la libertad, la unión y la rectitud hacia la nación. No tienen genio ni talento para hacerse preguntas humildes sobre impuestos y finanzas, comercio, manufactura y agricultura. Si se nos dejara sólo a la ingeniosa oratoria de nuestros legisladores del Congreso para guiarnos, sin la corrección de la experiencia niveladora y las quejas efectivas del pueblo, América no podría mantener su rango entre las naciones. Mil ochocientos años, aunque quizás yo no tenga derecho a decirlo, lleva escrito el Nuevo Testamento; y sin embargo, dónde está el legislador que tiene la sabiduría y el talento práctico para valerse de la luz que aquel irradia sobre la ciencia de la legislación.
La autoridad del gobierno – porque yo gustosamente obedeceré a aquellos que pueden actuar mejor que yo, y en muchas cosas hasta a aquellos que ni saben ni pueden actuar tan bien – es una autoridad impura: porque para ser estrictamente justa tiene que ser aprobada por el gobernado. No puede tener derecho absoluto sobre mi persona y propiedad sino en cuanto yo se lo conceda. El paso de la monarquía absoluta a una limitada, de la monarquía limitada a la democracia, es el progreso hacia el verdadero respeto al individuo. Hasta el filósofo chino fue lo suficientemente sabio para ver en el individuo la base del imperio. ¿Es la democracia que conocemos la última mejora posible de gobierno? ¿No es posible adelantar un paso en el reconocimiento y la organización de los derechos del hombre? Jamás existirá un Estado realmente libre e iluminado hasta cuando ese Estado reconozca al individuo como un poder más alto e independiente, del cual se deriva su propio poder y autoridad y lo trate de acuerdo a ello. Me complace imaginar un Estado que finalmente pueda darse el lujo de ser justo con todos, y que trate al individuo con respecto; más aún, que no llegue a pensar que es inconsistente con su propia tranquilidad si unos cuantos viven separados de él, no mezclándose con él, sin abrazarlo, pero cumpliendo con su obligación de vecinos y compañeros. Un Estado que produjera este fruto y lo entregase tan pronto estuviese maduro abriría el camino para otro Estado, aún más perfecto y glorioso, que yo he soñado también, pero que aún no he visto por ninguna parte.